Página — Lenguaje 8° Secundaria (pág. 170)
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Diana cazadora Capítulo IX
A pasitrote bajaba Alejandro por la calle de San José, abanicándose con una carta voluminosa. Faltaban minutos para las tres y tenía prisa de alcanzar el correo.
AI llegar a la esquina de la calle 13 se detuvo contrariado. No podia pasar, el camino estaba totalmente obstruido, como con una barricada inmensa, por un carro del tranvía descarrilado, un milord de la Compañia Urbana que iba detrás, un landó destartalado que subía con su postillón de jipijapa grasiento y ruana mugrosa, y un enorme carro de la Empresa de Tracción que venia por la segunda Calle Real lleno de trastos viejos,cargado como un elefante de la antigüedad.
Una parihuela que conducian dos mozos cinchados por los hombros, atestada de loza,se había detenido también, lo mismo que dos criadas que conducian una mesa de bronce llena de parásitas y camelias, y lo mismo que una silla de manos, cuya cortinilla levantaba cada momento una garra y dejaba ver la cabeza de un viejo blanco, casi muerto, parecido a la estatua del comendador.
(...)
Los mozos de cuerda descargaban sus fardos; los dependientes que abrían en la calle bultos suspendian la tarea y se quedaban alelados con la pata de cabra y el martillo en la mano; los ciclistas paraban sus máquinas y se desmontaban; las mujeres veian el suceso
a prudente distancia; los peatones se trancaban; los corrillos se abrían en alas, había gentes asomadas en los balcones y a las puertas de los almacenes. Una nube compacta de emboladores, policiales, vendedores de cigarrillos, viejas, mendigos, vagos, fámulas,cachacos y artesanos rodeaba al paciente,un enorme carro caido de medio lado como una casa en ruinas.
Los pasajeros se bajaron para quitar al enfermo un peso de encima y quedaron únicamente en la última banca un ciego, un sacerdote y una señora que no podia hacer la gracia por motivos ajenos a su voluntad y que representaba peso y medio.
Dos mulas enclenques, exánimes como dos ratones tirando un buque, bajo una lluvia de azotes y de insultos, hacían esfuerzos sobremulares para sacar del atolladero al carro paralitico, su compañero inseparable.
Por fin los conductores de otro carro que llegaba, los del carro enfermo, los postillones de los coches, los hombres de la parihuela,los de la silla de manos y algunos mozos de cuerda, una docena de hércules bogotanos reunidos bajo la presidencia de un policial de aspecto jupiteriano, después de una corta sesión deliberante, resolvieron meterle el hombro al armatoste.
Clímaco Soto Borda (Bogotá, 1870-1919) en www.banrepcultural.org/blaavirtual/literatura/poet/poet/poet0c.htm
Secundaria Activa // Ministerio de Educación Nacional

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Unidad 3.Exponiendo se aprende I
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