Página — Lenguaje Y Comunicacion 6 (pág. 67)
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chaleco floreado le sujetaba el vientre. El hombre era calvo y solo por encima de las orejas le brotaban mechones de pelos blancos. Tenía una cara roja que recordaba la de un buldog de esos que muerden. Sobre las narices, llenas de bultos, llevaba unas gafas pequeñas y doradas, y fumaba en una pipa curva,que le colgaba de la comisura de los labios torciéndole toda la boca. Sobre las rodillas tenía un libro en el que, evidentemente, había estado leyendo, porque al cerrarlo había dejado entre sus páginas el gordo dedo índice de la mano izquierda. .. como señal de lectura, por decirlo así.
El hombre se quitó las gafas con la mano derecha, contempló al muchacho pequeño y gordo que estaba ante él chorreando, frunciendo al hacerlo los ojos, lo que aumentó la impresión de que iba a morder, y se limitó a musitar:
—iVaya por Dios!
Luego volvió a abrir su libro y siguió leyendo
El muchacho no sabía muy bien qué hacer, y por eso se quedó simplemente allí, mirando al hombre con los ojos muy abiertos. Finalmente, el hombre cerró el libro otra vez —dejando el dedo, como antes, entre sus páginas—y gruñó:
—Mira, chico, yo no puedo soportar a los niños. Ya sé que está de moda hacer muchos aspavientos cuando se trata de vosotros..., ipero eso no reza conmigo! No me gustan los niños en absoluto. Para mí no son más que unos estúpidos llorones y unos pesados que lo destrozan todo, manchan los libros de mermelada y les rasgan las páginas, y a los que les importa un pimiento que los mayores tengan también sus preocupaciones y sus problemas. Te lo digo solo para que sepas a qué atenerte. Además, no tengo libros para niños y los otros no te los vendo. jEstá claro?
Todo eso lo había dicho sin quitarse la pipa de la boca. Luego abrió el libro otra vez y continuó leyendo.
El muchacho asintió en silencio y se dio la vuelta para marcharse, pero de algún modo le pareció que no debía aceptar sin protesta aquel sermón, y por eso se volvió otra vez y dijo en voz baja:
—No todos son así. [...]
—Me llamo Bastián —dijo el muchacho—. Bastián Baltasar Bux.
—Un nombre bastante raro —gruñó el hombre—, con esas tres bes.
Bueno, de eso no tienes la culpa porque no te bautizaste tú. Yo me llamo Karl Konrad Koreander.
—Tres kas—dijo el muchacho seriamente.
—Mmm—refunfuñó el viejo—.jEs verdad!

Antología
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