de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de
flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que
había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión
de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas
abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habi-
tación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el
dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con
hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamaneria todavía acar-
tonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea
con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario
con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo
en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos
que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo
que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía
estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el ho-
rizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando
terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel
insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero de la Francesca en la Igle-
sia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo
las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas
encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los
niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar
las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oiamos sus galopes de
caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gri-
tos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos
a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel
Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil
de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en
un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Am-
bos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mien-
tras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del
reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de
la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos
muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las
siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi
lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. “Qué
tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos
tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién corta-
das, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido
en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres
siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la
planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en
el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y
las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.
Garcia Márquez. Gabnel (1992)
Interdisciplinariedad
Literatura y anécdota
El personaje que se menciona
en el cuento, Otero Silva, fue
amigo en la vida real de García
Márquez.
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bras.
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es
o fábrica de pasamanos.
parsimonioso. Lento o
Aemáti
Real Academia Española
(RAE), 2014
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