Hoy, la cultura clandestina y los movimientos contraculturales son más visibles debido al uso del internet y las redes sociales;a través de ellas, sus ideas llegan a grupos más diversos. Gracias a las plataformas digitales se pueden observar las manifestaciones artísticas y de protesta de los movimientos feministas, las madres y padres con hijos desaparecidos, así como las propuestas visuales de resistencia que provienen de las comunidades indígenas y afrodescendientes, por mencionar algunos.
También hay movimientos de contracultura que desean mantenerse desconectados de manera intencional; éstos buscan proteger sus ideales de la contaminación digital y de la comercialización, es decir, la contracultura y clandestinidad, en un mundo ultra conectado, busca la desconexión para resguardar su ética, principios y valores de resistencia. La contracultura posee un elemento de fragilidad que la hace perder su fuerza al volverse popular y, por lo tanto, comercial. De allí que dicho fenómeno sea constantemente criticado y cuestionado, pues lo que una vez supuso su fuerza y valores puede volverse parte de ese sistema al que se resistía.
Lo contracultural y lo clandestino son manifestaciones que se oponen a una cultura hegemónica y pueden generar una fuerza colectiva poderosa y significativa en la sociedad. Estos movimientos suelen ser desafiantes, atractivos, propositivos y alternativos, pero también corren el riesgo de que la cultura dominante los absorba y convierta en productos de consumo. A pesar de esto, los movimientos siempre se renuevan en diferentes partes del mundo. Muchas manifestaciones artísticas han surgido de la contracultura y lo clandestino.
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