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Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 24)

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Página 24 de Antología literaria 5 · 2019
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—Yo también tengo miedo. Tengo mucho miedo..

Lo peor eran las punzadas en las sienes. Cuando el rumor legaba, las paredes de su cerebro se remecían y todo empezaba a vibrar, produciéndole un dolor agudo y persistente que aumentaba o disminuía de acuerdo a la intensidad del rumor. Ahora el rumor se había ido pero no podia fi arse de ello. Retornaria en cualquier instante de la noche y últimamente legaba con bastante fuerza. Había que aprovechar la tregua y no podia estar haciéndolo mejor. Sentía el cuerpo pequeño y caliente latiendo a su lado. Su respiración había adquirido un ritmo uniforme y se alzaba y descendía con el suave vaivén de un bote sobre aguas calmas. Hubiera podido permanecer así cien anos.

Ella dormía con la boca entreabierta. Tenía los dientes superiores algo desviados hacia fuera, de modo que no podia cerrar la boca completamente. Algunas noches, cuando él venía a echarle una ojeada mientras dormía, aprovechaba para juntarle los labios. Era inútil porque un minuto más tarde volvían a despegarse. Ahora estuvo a punto de hacerlo pero se contuvo. Temia despertarla. Sin embargo, le hubiera gustado ver sus ojos una vez más. Eran pequeños, muy oscuros y levemente rasgados. Cuando lo miraban de frente no podia evitar una ligera aprensión; era una mirada intensa y penetrante que parecía comunicar algo que estaba más allá de las palabras, o de cualquier gesto. Repetidas veces había tratado de explicarse el fenómeno. Quizá fuera porque reconocía en ellos una mirada que había descubierto mucho antes de que ella naciera. Una mirada capaz de atravesar las paredes, solia decirse. Pero, de cualquier manera, ya no había tiempo.

Se incorporó, fue al bar y abrió una nueva botella. Luego se acercó a la ventana. La ciudad se escondia en la vasta penumbra de la noche, dejando como única huella un reguero de puntos luminosos. El departamento estaba ubicado en el penthouse de un edificio de diez pisos. Hacia la izquierda se extendia el acantilado y una leve brisa se elevó trayendo una correntada de aire marino. Aunque esta vez no era el aire fresco y vigoroso, sino más bien un aire rancio, pesado, con algo de pescado podrido y desechos de mar.El hombre miraba la calle que se estiraba abajo, a treinta metros, como una lengua húmeda y brillante. Habia llovido y el asfalto mojado reflejaba las luces del alumbrado público. Una densa cortina de neblina empezaba a cubrir las calles como una enredadera de algas.

Orinó larga y ruidosamente, su cuerpo se encogía en espasmos continuos a medida que vaciaba su vejiga. No tuvo cuidado y orinó fuera de la taza. Luego se abrochó y se apoyó un momento sobre el lavatorio. Desde el espejo un hombre le devolvió una mueca. Lo observó escrupulosamente. Era el rostro de un hombre desaliñado, que ostentaba una barba de varios dias.Tenía los párpados hundidos y fojos; ambos ojos estaban inflamados y el izquierdo pestañeaba continuamente. La frente, antes amplia y enérgica,

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