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Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 25)

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Página 25 de Antología literaria 5 · 2019
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aparecía surcada por un bosque de líneas y cubierta a medias por el cabello abundante y revuelto. La boca asumía una actitud desdeñosa y los labios estaban hinchados y deformes. Súbitamente la palidez del rostro se acentuó y los pómulos y la frente se enrojecieron vivamente, y las venas de las sienes se abultaron y marcaron bajo la piel. El hombre se aferró con fuerza al lavatorio para no caer, apretó los dientes y se lanzó contra ese rostro que se contorsionaba en el espejo y lo rompió en mil pedazos.

Un hilo de sangre descendia por la frente. Se había dedicado a vaciar los cajones del escritorio, atropelladamente, arrojando a uno y a otro lado papeles, fólderes y sobres. A continuación revisó el armario, el clóset y, por último,el archivador de metal. Allí encontró finalmente lo que buscaba. Deshizo el paquete y comprobó que contenía todas las cintas de papel engomado de dos pulgadas que había comprado esa tarde.

Con prisa, se dirigió a la puerta principal, desplegó el extremo de uno de los rollos, lo presionó sobre la rendija que dejaba la puerta al unirse con el marco y tiró del rollo hacia abajo, de modo que quedara herméticamente cerrada. Repitió la operación en la puerta del balcón y luego prosiguió con las ventanas. En la cocina se le acabaron los rollos pero se las arregló para taponear la rendija inferior de la puerta falsa con unos trapos. Entonces abrióla llave del gas.

Se tendió exhausto al lado de la niña. Sudaba copiosamente y el sudor se mezclaba con la sangre que manaba de la herida de la frente. Apretó los puños hasta que las uñas se hundieron en la carne. Tenía la sensación de un taladro en la cabeza. El rumor había vuelto y su intensidad había aumentado hasta convertirse en un ruido exasperante. Sin embargo, ya no tenía ninguna duda acerca de aquello que lo originaba. Era el sonido de millares de cascos retumbando contra la tierra en una carrera desenfrenada.

Se volvió hacia la niña, la rodeó con su brazo y esperó. Ya estaban muy cerca. De pronto sintió que todo se le escapaba —la nina, el cuarto, su propio cuerpo— como un puñado de arena que uno se empeña inútilmente en retener, y su cuerpo se tornó flojo y empezó a replegarse como una bola de papel arrugado. Fue entonces cuando los vio. Allí estaban las fauces furiosas, las orejas erectas y los belfos resoplantes, arremetiendo con un brillo salvaje en el centro de los ojos, relampagueando con el esplendor helado de una manada de caballos blancos desbocados en las tinieblas de la noche.

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