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Página — Literatura Sin nivel (pág. 50)

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Página 50 de Antología literaria 3 · 2018
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Un dia fui invitado sin saber cómo a una reunión. Figuraos mi alborozo cuando recibí la siguiente esquela: "Grimanesa de Bocardo e hijas tienen el honor de invitar a usted a su casa, Aumente 341, a tomar una taza de té la noche del martesw.

Y en el reverso: "Señor Idiáquez》. jCanastos! jUna taza de té! jYo que ni siquiera había comido seriamente aquel dia!

Pareciome recibir una invitación celestial y me preguntaba si los fi letes de oro de la esquelita no serian una insignia angélica. Bocardo..jBocardo! Nombre sonoro. jQué diablo! Nombre perteneciente sin duda a algún abogado de nota de esos que llevan siempre como cola esta frase:"Lumbrera del foro peruanow. iNombre que quizá hace y deshace de millones de empleos de 50 soles!

Me emperejilé lo mejor que pude, con un chaquet de diagonal ribeteado con trencilla, unos pantalones de esa tela a cuadritos que parece un trazado para jugar al <León y las ovejasy; un chaleco despampanante, escotado hasta el ombligo, dejando al descubierto la dudosa pechera de mi única camisa formal, donde figuraba un grueso botón de doublé y un sombrero hongo de copa no más alta que una cáscara de nuez, de esos que puso en moda en Lima el ya olvidado actor Perrin. Y en medio de todo esto, resplandeciente como un astro de primera magnitud, mi famosa corbata. Famosa sí. jVoto al chápiro!

La casa de Aumente número 341 era un majestuoso prodigio de simetria. Constaba de dos ventanas de reja, una a cada lado de la puerta; dos balcones, uno sobre cada ventana. Adentro, dos departamentos, uno a cada lado del zaguán. En el fondo una mampara de vidrieras con una ventana a cada lado. Todo allí parecía en equilibrio, repartido a ambos lados de alguna cosa, como hecho exprofeso para demostrar la ley de las compensaciones.Entré. Alguien tocaba un vals al piano cuyos fragmentos se escuchaban entre un sordo murmullo. Dejé mi sombrero en una salita y penetré en el salón. Multitud de parejas bailaban atropellándose. Grupos animados conversaban en los rincones, en el hueco de las ventanas; algunos jóvenes se paseaban solos, con las manos entre los bolsillos. Vi, asimismo, niñas a quienes nadie sacaba a danzar, bien por negligencia o por ignorancia del baile. Yo hubiera querido ponerme a órdenes de la dueña de casa, como se estila en semejantes ocasiones, pero —la verdad— sentí embarazo. No me atreví a preguntar dónde se la podia encontrar. Una linda morena, vestida de color malva, sentada en el extremo de un sofá, me cautivó desde el primer instante. Resolví bailar con ella. Cuando se lo propuse, pareció sorprendida y me miró de arriba a abajo. Sin embargo, me dijo con amabilidad exquisita:

—Tengo ya compromiso, caballero.

Yo me senté a su lado, sin saber qué decirla al pronto. Me concreté a olerla. Y qué bien olía. jVoto al chápiro! jQué pobre me pareció Marta con su jabón de Windsor! Esta, en cambio, embriagaba. De su seno elevado y

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