Página — Literatura Sin nivel (pág. 96)
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Constantemente tenía que interesarme por él y pagar gruesas multas y fi anzas, que luego, a principios de trimestre, me reembolsaba de la buena parte de renta que le correspondia.
En muchas cosas diferiamos de gustos y opiniones y continuamente estábamos disputando, terminando por lo general nuestras reyertas en mutuas burlas y hasta en mutuos insultos. Imposible discutir serenamente con Feliciano: era intratable. Cuando yo le llamaba: jborracho!, él me decía en el mismo tono irritado: jmorfinómano! Y los dos teníamos razón en esto,pues, lo confieso, si mi hermano se embriagaba por la boca, yo me embriagaba por la piel. De todos modos, con mi vicio o manía yo no provocaba escándalos y, aun cuando amaba entrañablemente a mi hermano, me era imposible seguir viviendo con él. Resolví que nos separáramos.
Con estos pensamientos me quedé dormido esa noche, no sin haberme dado antes una inyección con mi fina jeringuilla de Pravaz. Comenzaba a quedarme dormido cuando sentí en mi despacho un ligero ruido. No hice caso al principio. En el suelo y junto al escritorio tenía yo varias docenas de libros para el encuadernador. Estaban en revuelta confusión los autores más opuestos en inspiración y en épocas: el Orestes, de Sófocles y una edición antigua de la Vida de la beata Cristina de Stolhemm; una edición de 1674 de la Vida y hechos del Ingenioso Hidalgo, que faltaba en mi colección de Quijotes, el Wilhem Meister, de Goethe, y L'Animale,de Rachilde; las Disquisitione Magicarum, de Martín del Rio y Zo'Har,de Mendes; la Parerga, de Schopenhauer y un ejemplar de la Justina, del divino marqués: To Solitude, de Zimmermann, y muchos libros más que no recuerdo. La persistencia del ruido comenzó a irritar mis nervios: parecía como si un pequeño gnomo se entretuviera en saltar entre los libros, rascar las cubiertas y trasportar las letras de una obra a otra.
Me imaginaba yo, arrastrado por mi excitada fantasía, que el caballero manchego se había empeñado en desaforada batalla con algún súcubo del libro de Del Rio; o que la protagonista de L'Animale había seducido al vengador Orestes o al desventurado La Roquebrusanne de Zo'Har.Canseme al fin de idear extravagancias: deseaba dormir, y los continuos saltos, roces, chirridos, desgarraduras y choques me despertaban en cuanto comenzaba a hundirme en las deliciosas regiones del sueño. Me puse unas chinelas, encendí luz y fui a averiguar qué era lo que producía esos ruidos.Levanté un libro: era la Parerga, y salió de debajo un enorme alacrán negro erizado de pelos y armado de una formidable púa en la extremidad de la cola. No sé por qué me pareció que el horrible bicho levantó hacia mísus patas delanteras en actitud de implorar clemencia: tuve un segundo de conmiseración y pensé dejarle con vida. Pero pensé también que si tal hacía, esa fea alimaña continuaría royendo mis libros y haciendo el ruido
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