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Página — Literatura Sin nivel (pág. 97)

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Página 97 de Antología literaria 3 · 2018
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infernal que no me dejaba dormir. Era un hermoso ejemplar negro, que tenía grabado en el caparazón del tórax algo así como una corona ducal del color del carey. No hubo perdón, resolví matarle y le solté. Apenas el bicho se vio en libertad intentó huir, pero yo di un rápido salto y caí con precisión gimnástica encima de él, aplastándole ruidosamente. Quedó en la alfombra un conjunto informe de diminutas vísceras, pedazos de caparazón, tenazas,patas y pelos: todo flotando sobre líquidos turbios y sanguinolentos.

Volví a acostarme tranquilamente en mi lecho. A poco sentí un ligero ruido como de algo que se arrastrara. "jSi habré dejado vivo a ese bicho!,pensé. Pero no, era imposible: no había quedado un solo fragmento de la bestiecilla en condiciones de moverse. Cesó el rumor y me quedé dormido,olvidándome de apagar la luz.

De pronto desperté; miré en torno mío y quedé frío de terror: por todas partes estaba rodeado de alacranes que agitaban pausadamente las tenazas de sus extremidades anteriores haciendo un ruido de mandibulas que masticaran. Infinidad de ojillos fosforescentes y bizcos me miraban con fijeza codiciosa. Veia brillar los accidentados tórax a la luz tenue de mi lamparilla verde: de las articulaciones y de los pelos salia un sudor rubio,viscoso como la miel. Y las erguidas colas se inclinaban hacia adelante ostentando sus púas agudas y ponzoñosas. Por todos lados subían a mi lecho. Unos trepaban por las cortinas y, a fi n de no perderme de vista, se arqueaban horrorosamente; otros colgábanse con la púa de los cordones y borlas, columpiábanse en ellos y pasaban a una pulgada de mis espantados ojos sus tenazas erizadas de dientes. Espiaban mis movimientos y de sus ojillos bizcos fluía una fulguración oleosa y fosfórica como la de los ojos de los búhos. Y los sentía caminar, enredándoseles los pelos hirsutos de las patas en el brocado de la sobrecama. El suelo de mi habitación estaba cubierto de escorpiones: los más pequeños tendrían la longitud de mi brazo.Los más vigilantes estaban a los bordes de mi cama, se cogían fuertemente con las patas delanteras y estiraban la cola a los que estaban en el suelo para que estos subieran, y, al hacerlo, producían un ruido seco como de cueros o cáscaras frotadas. Uno de los escorpiones quiso subir al dosel de mi lecho, desde la cabecera; le veía en la actitud replegada del salto: esperaba que uno de sus congéneres que se columpiaba en una de las borlas pasara cerca de él.

—jDios mío! —pensé—, isi yerra en su salto, va a caerme encima!

Y esperé helado de espanto. El animal saltó y se cogió al caparazón del otro, pero le hincó en la carne por las junturas: el herido se revolvióirritado y, casi en el aire, lucharon varios segundos a dentelladas y colazos,cayéndome en el pecho una gota de sangre fria y hedionda. jQué horror! Yo tenía la piel cubierta de esos granitos que engendra el espanto, y debía tener los cabellos más derechos que alfileres. Mientras mayor número subían,eran más amenazadores y con mayor saña me dirigían sus venenosas púas

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