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Página — Literatura Sin nivel (pág. 98)

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Página 98 de Antología literaria 3 · 2018
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y formidables tenazas; como el número crecía, los escorpiones se apiñaban contra mí, caminaban los unos contra los otros, luchaban y rozaban sus cuerpos fríos, peludos y melosos con mis brazos y mejillas. Sentía el vaho fétido de sus fauces deformes, de las que salia un gruñido. Lo más curioso era que yo entendía como si fueran palabras coherentes los grunidos de esas alimañas, y repercutían en mi intelecto sus ideas feroces de venganza. Lo que entraba en mi oído como un sonido puramente animal se recomponía en mi intelecto y formaba frases y periodos perfectamente claros, expresiones concretas, imprecaciones y amenazas de un sentido distintamente humano.Comprendí que venían a vengar la muerte sin compasión que yo había dado a su rey; comprendí que solo esperaban una orden para devorarme: unos me hundirían las púas en los ojos; otros cogerían mi lengua entre las tenazas y me la arrancarían; otros penetrarían por mi ensangrentada boca a las entrañas y me sacarían el corazón y los intestinos. No podría huir, porque había escorpiones en las paredes, en el techo, en el suelo, en todas partes, y en cuanto pretendiera escapar o tocar el timbre de la servidumbre, caerían de lo alto sobre mí. El corazón se lo comeria la reina y con mis huesos harían un túmulo a mi víctima. Yo había sido un ingrato al llevar el luto a esa generosa raza; a ella debía el no tener hormigas ni arañas en mis habitaciones... jOh! No quedaria un solo escorpión que no mojara las patas en mi sangre impía: todo seria obra de un momento y solo esperaban que viniera la reina y diera la senal. Cada minuto que trascurria aumentaba la saña y la impaciencia de esos inicuos bicharracos; los crujidos de dientes eran cada vez más horrorosos; los que estaban sobre los almohadones me tiraban de los cabellos y golpeaban mi frente con sus colas; otros me cogían las orejas y los dedos de los pies entre las tenazas y apretaban, apretaban.Al menor movimiento que yo hacía dirigían sus armas contra mí y se preparaban a saltar. No me quedaba otro recurso que el resignarme a morir de un modo tan cruel. De pronto oí un crujido más fuerte.

—jDios mío! jEs la señal! —murmuré en una convulsión de terror—.jAdiós, Feliciano, hermano mio! jOh Dios misericordioso, perdóname todo lo que he blasfemado contra ti! jCuánto me arrepiento de haberte ofendido con una vida tan llena de pecados y depravaciones! jDios magnánimo, Jesús sacramentado: recibe mi alma en tu seno piadoso! Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre y hágase tu voluntad...

Quise cerrar los ojos, pero el terror había petrificado mis párpados.Sentí que los furiosos animales tiraban de la sobrecama. Seria para comerme más fácilmente. Un alacrán negro, hiperbólicamente grande, se irguió encima de los demás; estaba cubierto de telarañas enredadas entre la cabeza chata y horrible, las velludas patas y la espiga de su ponzoñosa cola.Tenia grabada una corona en el coselete torácico. Un sacudimiento de horror contrajo todo mi cuerpo. Aquel bicho tena las dimensiones de un muchacho.Avanzó lentamente hacia mí en el espacio que le abrieron respetuosamente

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