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amor sin líimites de los indios, el amor que se tienen entre ellos mismos y que le tienen a la naturaleza, a las montanas, a los rios, a las aves; y el odio que tenian a quienes, casi incoscientemente, y como una especie de mandato Supremo, les hacian padecer. Mi ninez pasó quemada entre el fuego y el amor.
Pero no solamente he sido hechura de mi madrastra, hubo otro modelador tan eficaz como ella, un poco más bruto: mi hermanastro.Cuando yo tenia siete años de edad, me obligaba a que me levantara a las seis de la mañana a traerle su potro negro de una chacra muy grande; y los potros y los caballos de raza fina son muy caprichosos porque son aristocráticos: unas veces se dejaba agarrar con gran mansedumbre, pero otras veces me hacia sudar más de una hora hasta poder enlazarlo. Si llegaba tarde, mi hermanastro,que tenia unos veinte años cuando yo tenia siete, me trataba muy mal delante de la servidumbre. Un dia, por una cosa que no puedo contar aquí, que la contaré quizás en nuestras reuniones de mesa redonda, me hizo algo. Lo habia acompañado de paje para una aventura que no se puede confesar en público... Me hacia montar en un burro creyendo humillarme. El burro se llamaba "Azulejo".Nunca hubo amigos que se amaron más que yo y el burro. También en eso estaba tan equivocado como mi madrastra. Me dejó cuidando su potro negro que habia comprado con veinte bueyes y doscientos carneros, y cuando regresó de su aventura indecible me reprochó que había hecho perder su poncho de vicuña, aunque no me constaba que hubiera estado sobre la montura. Levantó el rebenque para pegarme en la cara pero se arrepintió a última hora,montó el potro y espoleándolo se fue cuesta arriba a toda velocidad, mientras yo me iba conversando con, quizás, uno de los mejores amigos que he tenido en este mundo: el"Azulejo" inmortal.Cuando llegué a la cocina me puse a comer; a mí la servidumbre me trataba mucho mejor que a los patrones; entró mi hermanastro,yo estaba tomando sopa y tenia un plato de riquísimo mote a un lado con su pedacito de queso; él me quitó el plato de la mano y me lo tiró a la cara, diciéndome: "No vales ni lo que comes", que es una cosa que se suele decir muy frecuentemente. Yo sali de la casa, atravesé un pequeño riachuelo, al otro lado habia un excelente campo de maiz, me tiré boca abajo en el maizal y pedi a Dios que me mandara la muerte. Yo no sé cuánto tiempo estuve llorando, pero cuando reaccioné ya era la noche. Mi buen hermanastro se habia asustado un poco y me estaba haciendo buscar por todas partes, y la única vez que se alegró de verme fue cuando regresé a la casa esa noche.
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