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versito cualquiera: aquí lo voy a ver sacar veintes". Me vio y batí el récord de los veintes en toda la historia de"San Luis Gonzaga",porque era una responsabilidad del serrano hacerlo y lo hice.
En Lima, no he sido un defensor de los serranos, he sido un defensor de los costeños, porque los costeños y especialmente los escritores de mi generación me trataron, diré honradamente, con una cordialidad tan auténtica y hasta con cierto respeto. El primer amigo que tuve fue Luis Felipe Alarco, que pertenece a la aristocracia de Lima. Me asusté cuando entré a su casa con los muebles, los salones, los espejos y los muchos cubiertos que me pusieron en la mesa, que yo no sabia manejar bien. Pero ahí estaba Luis Felipe mirándome con un afecto que casi era proporcionalmente tan bueno como el de los sirvientes, concertados y lacayos de mi madrastra, que en paz descanse. Después fui amigo de gentes que ahora son importantes, de Carlos Cueto, de Emilio Westphalen, de Luis Fabio Xammar; no tuve la fortuna de conocer a Ciro, porque lo habian largado: era demasiado peligroso para vivir en el Perú. Una de las experiencias que recuerdo con más... (no encuentro un término especial para describirlo), con un sentimiento entre admiración y espanto, fue un diálogo terrible entre los tres conversadores más agudos, más crueles e implacables que ha tenido la ciudad de Lima: Martín Adán, Enrique Bustamante y Ballivián y Raúl Porras Barrenechea, los tres juntos, como para liquidar al género humano.Nunca tuve, ni en los mejores libros, ni en los mejores libros de poemas o de filosofia, la sensación del poder del castellano que en la boca de estas maravillosas víboras.
Yo comencé a escribir cuando lei las primeras narraciones sobre los indios, los describian de una forma tan falsa escritores a quienes yo respeto, de quienes he recibido lecciones, como López Albujar,como Ventura Garcia Calderón. López Albújar conocia a los indios desde su despacho de Juez en asuntos penales y el señor Ventura Garcia Calderón no sé cómo habia oido hablar de ellos. Yo tenía una convicción absolutamente instintiva de que el poder del Perúestaba no solamente entre la gente de las grandes ciudades, sino que sobre todo estaba en el campo y estaba en las comunidades donde hay, por lo menos en las comunidades que mejor conozco,una regla de conducta, que si se impusiera entre todos nosotros,pues hariamos una carretera de aquí hasta New York también en veintiocho dias: "que no haya rabia", esa es la regla: "que no haya rabia". En estos relatos estaba tan desfigurado el indio y tan meloso
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