Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 96)
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otra parte, si Hans viniese aquí, podría pedirme que le diese un poco de harina fiada, lo cual me es imposible. La harina es una cosa y la amistad otra, y no deben confundirse. Esas dos palabras se escriben de modo diferente y significan cosas completamente distintas, como todo el mundo muy bien sabe.
jCon qué acierto hablas! —dijo la mujer del molinero sirviéndole un gran vaso de cerveza caliente—. En verdad que me siento como adormecida lo mismo que en la iglesia.
—Muchos obran bien —replicó el molinero—: pero pocos saben hablar bien, lo cual prueba que hablar es, con mucho, la cosa más dificil, así como la más hermosa de las dos.
Y severamente dirigió su mirada, por encima de la mesa, hacia su hijo. Este sintió tal vergienza de sí mismo, que bajó la cabeza, se puso extremadamente ruborizado y empezó a lorar.
Bien se le podia disculpar, jera tan joven!.
—jEse es el final de la historia? —preguntó la Rata de agua.
—No, desde luego que no—respondió el Pardillo—. Esto es tan solo el comienzo.
—Luego está usted atrasadisimo con relación a su tiempo —repuso la Rata de agua—. Hoy dia, todo buen cuentista empieza por el final, prosigue por el comienzo y termina por la mitad. Es el nuevo estilo. Así lo he oído de labios de un crítico que paseaba alrededor del estanque con un joven. Trataba el asunto magistralmente, y estoy segura de que tenía razón, porque llevaba gafas azules y era calvo; y cuando el joven le hacía alguna observación, contestaba siempre:"jPsch!》. Pero continúe usted la historia, se lo ruego. Me agrada mucho el molinero. Yo también llevo en mí toda clase de bellos sentimientos; de ahí la gran simpatía que entre él y yo existe.
—jBueno!—dijo el Pardillo, saltando sobre sus dos patitas—. En cuanto pasó el invierno y las velloritas comenzaron a abrir sus amarillas y pálidas estrellas, el molinero dijo a su mujer que iría a visitar al pequeno Hans.
"—jAh, qué noble corazón tienes! —le gritó suspirando, su mujer—. Siempre piensas en los demás. No te olvides de llevar el cesto grande para traer las flores.
Entonces el molinero ató unas a otras las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó la colina con la cesta al brazo.—Buenos dias, pequeño Hans —dijo el molinero.
—Muy buenos días—contestó Hans, apoyándose en su azadón y sonriendo abiertamente.
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