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Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 98)

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Página 98 de Antología literaria 1 · 2019
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iNo podias estar más oportuno! Es verdad que una buena acción engendra siempre otra. Te he dado mi carretilla, y ahora tú me darás la tabla. Claro está que la carretilla vale mucho más que la tabla; pero la amistad sincera no repara nunca en esas cosas.Dame ahora mismo la tabla y así hoy mismo arreglaré mi granero.

—jYa lo creo! —replicó el pequeño Hans.

Y se fue corriendo a su casa y cogió la tabla.

—No es una tabla muy grande —comentó el molinero— y me figuro que una vez hecho el arreglo de la techumbre del granero,no quedará madera suficiente para componer la carretilla. Claro que yo no tengo la culpa de eso. Y ahora, en vista de que te he dado mi carretilla, estoy seguro de que accederás a regalarme unas flores. Aquí tienes el cesto; procura llenarlo.

—jLlenarlo? —replicó al instante el pequeño Hans, quedándose bastante af igido al comprobar las grandes dimensiones del cesto y comprender que si lo llenaba no le quedarían ya flores que llevar al mercado, y estaba deseoso también de rescatar sus botones de plata.

—A fe mía—respondió el molinero—, una vez que te doy mi carretilla, no creí que fuese mucho pedirte unas cuantas flores. Podréestar equivocado; pero yo me figuré que la amistad, la verdadera amistad, estaba exenta de toda clase de egoísmo.

—Mi querido amigo —protestó el pequeño Hans—, tú eres mi mejor amigo y todas las fores de mi jardín están a tu disposición,porque me importa mucho más tu estimación que mis relucientes botones de plata.

Y corriendo se fue a coger las hermosas velloritas para llenar el cesto del molinero.

—jAdiós, pequeño Hans!—exclamó el molinero subiendo de nuevo la colina con su tabla al hombro y su gran cesta al brazo.

—Adiós—contestó él.

Y se puso a cavar con renovadas energías. Estaba contentísimo de tener carretilla.

A la mañana siguiente, cuando estaba sujetando unas madreselvas sobre su puerta, oyó la voz del molinero que le llamaba desde el camino. Bajó de su escalera y corrió hasta el otro extremo del jardín, se encaramó por el muro hasta lograr ver por encima y divisó al molinero que venía con un gran saco de harina cargado a la espalda.

—Pequeño Hans —dijo el molinero acercándose—, iquerrías

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