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Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 48)

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Página 48 de Antología literaria 5 · 2019
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sobrenatural. jMi demencia! No me ha incomodado, en ningún momento, el rumor que al respecto se expandió, pero de cuando en cuando me asediaba la duda. iY si a pesar de todo era verdad aquello? ;Si realmente fui danzante y olvidé todo?;Si alguna vez tuve un nombre, una casa, una familia? Inquieto, me acercaba a los manantiales y me observaba. Tan cetrino mi rostro, y velado siempre por un halo fúnebre. Idéntico siempre a mí mismo, en su adustez, en su hermetismo. Me contemplaba, y tenía la seguridad de que jamás había desvariado, y de que jamás tampoco fui bailante. Certeza puramente intuitiva, pero no por ello menos vigorosa.Mas entonces, si nunca se extravió mi espíritu, jcómo entender la taciturna corriente que me absorbe? ;Cómo explicar mi atavio y la obstinación con la que a él me aferro? ;Por qué esa vaga desazón ante el lago? No, no podia responder a esas preguntas, y era vano así mismo encontrar una justificación para unas manos tan blancas y un hablar que no es de misti ni de campesino. Y más inútil aún tratar de contestar a la interrogación fundamental: iquién soy, entonces? Era como si en un punto interminable del pasado hubiese surgido yo de la nada, vestido ya como estoy, y balbuceando, angustiándome. Errante ya y ajeno a juventud, amor,familia. Encerrado en mí mismo y sin acordarme de un principio ni avizorar un fin.Iba, pues, por los caminos y los páramos, sin dormir ni un momento ni hacer alto por más de un dia. Absorto en mi monólogo, aunque ayudase a un viajero bajo la lluvia, a una mujer con sus hijos, a un pongo moribundo. Concurría a los pueblos en fiesta, y escuché con temerosa esperanza la música de las quenas y los sicuris,y miré una tras de otra las cuadrillas, sobre todo las que venían de muy lejos, y en especial las de Copacabana, de Oruro, de Zepita, de Combapata. Me conmovían sus interpretaciones, mas no reconocí jamás una cadencia ni hallé un atuendo que se asemejara al mío. Transcurrieron así los meses y los años y todo habria continuado de esa manera si el azar —jel azar, realmente?— no me hubiera conducido al tambo de Raurac. No había nadie sino un hombre viejo que descansaba, que me observó con atención. Me habló de pronto y dijo, en un quechua que me pareció muy antiguo: "Eres el bailante sin memoria. Eres él, y hace mucho que caminas. Anda a la capilla de la Santa Cruz, en la pampa de Ocongate. jAnda y mira!》. Tomé nota de su insistencia, y a la mañana siguiente, muy temprano, me puse en marcha. Y así, al cabo de tres jornadas, llegué a este santuario abandonado, del que apenas si quedan la fachada y los pilares. Vine al atrio y a poco mis ojos se posaron en el friso aquel, entre los arcos. Allí, en la losa quebrada otrora por un rayo, hay cuatro figuras en relieve. Cuatro figuras danzantes. Visten esclavina, jubón, sombrero de plumas, tahalí, botas. Y no representan devotos ni santos sino ángeles como los que aparecen en los cuadros de Pomata y del Cuzco. Son cuatro, mas el último fue alcanzado por la centella y solo quedan los contornos de su cuerpo y las líneas de las alas y el plumaje. Cuatro ángeles, al pie de esa floración de hojas, arabescos,frutos. jQué baile es el que danzan? iQué música la que siguen? ;Es un acto de celebración y de alegría? Los contemplo, en el silencio glacial y terrible de este sitio,y me detengo en la silueta vacía del ausente. Cierro después los ojos. Si, solo una sombra soy, apagada sombra. Y ave, ave negra que no sabrá nunca la razón de su caída. En silencio, siempre, siempre y sin término la soledad, el crepúsculo, el exilio...

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