Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 90)
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—Ya siento el cuchillo en el corazón. jToca! —le dijo al arpista.
Lurucha tocó el jaykuy (entrada) y cambió enseguida al sisi nina (fuego hormiga), otro paso de la danza.
Rasu-Niti bailó, tambaleándose un poco. El pequeño público entró en la habitación. Los músicos y el discípulo se cuadraron contra el rayo de sol.Rasu-Niti ocupó el suelo donde la franja de sol era más baja. Le quemaban las piernas. Bailó sin hervor, casi tranquilo, el jaykuy; en el sisi nina sus pies se avivaron.
—jEl Wamani está aleteando grande; está aleteando! —dijo Atok'sayku, mirando la cabeza del bailarín.
Danzaba ya con brío. La sombra del cuarto empezó a henchirse como de una cargazón de viento; el dansak' renacía. Pero su cara, enmarcada por el pañuelo blanco, estaba más rígida, dura; sin embargo, con la mano izquierda agitaba el pañuelo rojo, como si fuera un trozo de carne que luchara. Su montera se mecía con todos sus espejos; en nada se percibía mejor el ritmo de la danza. Lurucha había pegado el rostro al arco del arpa.;De dónde bajaba o brotaba esa música? No era solo de las cuerdas y de la madera.
jYa! jEstoy llegando! jEstoy por llegar! —dijo con voz fuerte el bailarin, pero la última silaba salió como traposa, como de la boca de un loro.Se le paralizó una pierna.
—jEstá el Wamani! jTranquilo!—exclamó la mujer del dansak' porque sintió que su hija menor temblaba.
El arpista cambió la danza al tono de waqtay (la lucha). Rasu-Niti hizo sonar más alto las tijeras. Las elevó en dirección del rayo de sol que se iba alzando. Quedó clavado en el sitio; pero con el rostro aún más rígido y los ojos más hundidos, pudo dar una vuelta sobre su pierna viva. Entonces sus ojos dejaron de ser indiferentes; porque antes miraba como en abstracto, sin precisar a nadie. Ahora se fijaron en su hija mayor, casi con júbilo.
—El dios está creciendo.jMatará al caballo!—dijo.
Le faltaba ya saliva. Su lengua se movia como revolcándose en polvo.—jLurucha! jPatrón! jHijo! El Wamani me dice que eres de maiz blanco. De mi pecho sale tu tonada. De mi cabeza.
Y cayó al suelo. Sentado. No dejó de tocar las tijeras. La otra pierna se le había paralizado.
Con la mano izquierda sacudia el pañuelo rojo, como un pendón de chicheria en los meses de viento.
Lurucha, que no parecía mirar al bailarín, empezó el yawar mayu (río de sangre), paso final que en todas las danzas de indios existe.
El pequeño público permaneció quieto. No se oían ruidos en el corral ni en los campos más lejanos. ;Las gallinas y los cuyes sabían lo que pasaba, lo que significaba esa despedida?
La hija mayor del bailarín salió al corredor, despacio. Trajo en sus brazos uno de los grandes racimos de mazorcas de maíz de colores. Lo
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