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Página — Literatura Sin nivel (pág. 135)

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Página 135 de Antología literaria 3 · 2018
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Al descender del tren, Anna, evitando el contacto de los otros viajeros como si fuesen apestados, quedose rezagada en el andén para preguntarse qué debia hacer. Todo le parecía ahora de una ejecución dificil. En medio de aquella ruidosa muchedumbre, coordinaba mal sus ideas. Los maleteros le ofrecían sus servicios, los jóvenes mequetrefes la atravesaban con sus miradas, hablando en voz alta y haciendo sonar sus tacones.

Recordando de pronto su propósito de continuar la ruta si no encontraba respuesta en la estación, preguntó a un empleado si no había visto, por casualidad, algún cochero que llevase una carta al conde Vronski.

—iVronski? Hace poco han venido de su casa a recoger a la princesa Sorókina y su hija. iQué aspecto tiene ese cochero?

En aquel momento vio Anna adelantarse a su mensajero, el cochero Mijail: colorado, alegre, con su hermoso uniforme azul atravesado por una cadena de reloj, parecía orgulloso de la misión que había cumplido. Entregóa su señora un sobre que esta abrió, con el corazón angustiado.

Vronski escribía con mano negligente:

Lo siento mucho, pero su nota no me encontró en Moscú. Volveré a las diez.

—Lo que me esperaba —comentó ella, con sonrisa sardónica. Con voz apenas perceptible, porque las palpitaciones de su corazón no la dejaban respirar, se dirigió a Mijail:

Gracias, ya puedes volver.

Sumida de nuevo en sus pensamientos, prosiguió:

"jNo, ya no te permitiré que me hagas sufrir así!.

Esta amenaza no se la dirigía a sí misma, sino al causante de su tortura.

Se puso a pasear a lo largo del andén. Dos mujeres que también deambulaban para matar el tiempo se volvieron para examinar su atuendo.

Son de verdad—dijo una de ellas en voz alta, indicando los encajes de Anna.

Los jóvenes lechuguinos la divisaron de nuevo, y con voz afectada cambiaron ruidosas impresiones. El jefe de estación le preguntó si subía otra vez al tren. Un muchacho vendedor ambulante de kuas no apartaba los ojos de ella.

"iDónde huir, Dios mio?》, se decía sin dejar de andar.

Casi al final del andén, unas señoras y unos ninos charlaban riendo con un señor de gafas que habían venido a recibir. Al aproximarse Anna,el grupo se calló para contemplarla. Apresuró el paso y se detuvo junto a la escalera que de la bomba descendia a los rieles. Se acercaba un tren de mercancías que hacía retemblar el andén. Se creyó de nuevo dentro de un tren en marcha.

De pronto se acordó del hombre aplastado el mismo dia de su encuentro con Vronski, y comprendió lo que tenía que hacer. Con paso ligero y resuelto,descendió los escalones y colocándose cerca de la vía, escrutó la estructura

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