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Página — Literatura Sin nivel (pág. 156)

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Página 156 de Antología literaria 3 · 2018
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meditó hasta el alba; después, levantándose al rayar el día, se dirigió a la iglesia. Rezó, prosternada en el pavimento, abatida ante Dios, suplicándole que la ayudase, que la sostuviese, que diera a su pobre cuerpo gastado la fuerza que necesitaba para vengar a su hijo.

Después volvió a su casa. Tenía en el patio un viejo barril desfondado,que recogia el agua del canalón; le dio la vuelta, lo vació, lo sujetó al suelo con estacas y piedras; después encadenó a Pizpireta a aquella perrera, y entró en la casa.

Caminaba ahora, sin descanso, por su habitación, los ojos siempre clavados en la costa de Cerdena. Allá abajo estaba el asesino.

La perra aulló todo el dia y toda la noche. La vieja, por la mañana, le llevó agua en un cuenco; pero nada más: ni comida ni pan.

Transcurrió un dia entero. Pizpireta, extenuada, dormía. Al día siguiente, tenía los ojos brillantes, el pelaje erizado, y tiraba locamente de la cadena.

La vieja tampoco le dio nada de comer. El animal, enfurecido, ladraba con voz ronca. Pasó una noche más.

Entonces, ya amanecido, la señora Saverini fue a casa de su vecino,a pedirle que le diera dos haces de paja. Cogió unas viejas ropas que había llevado en tiempos su marido, y las rellenó de forraje para simular un cuerpo humano.

Habiendo clavado un palo en el suelo, delante de la perrera de Pizpireta,ató a él aquel maniquí, que así parecia estar de pie. Después representó la cabeza por medio de un paquete de ropa vieja.

La perra, sorprendida, miraba aquel hombre de paja, y callaba, aunque devorada por el hambre.

Entonces la anciana fue a comprar en la salchicheria un largo pedazo de morcilla. Al volver a casa, encendió un fuego de leña en el patio, cerca de la perrera, y asó la morcilla. Pizpireta, enloquecida, daba saltos, echaba espuma, con los ojos clavados en la parrilla, cuyo aroma penetraba en su vientre.

Después la vieja hizo con aquella papilla humeante una corbata para el hombre de paja. La ató un buen rato con bramante en torno al cuello,como para metérsela dentro. Cuando acabó, soltó a la perra.

De un formidable salto el animal alcanzó la garganta del maniquí y,con las patas sobre sus hombros, empezó a desgarrarla. Se dejaba caer, con un trozo de su presa en el hocico, y luego se lanzaba de nuevo, hundia los colmillos en las cuerdas, arrancaba algunas porciones de comida, volvía a dejarse caer, y saltaba de nuevo, encarnizada. Deshacía el rostro a grandes dentelladas, hacía jirones el cuello entero.

La anciana, inmóvil y muda, la miraba, con ojos encendidos. Después volvió a encadenar al animal, lo tuvo en ayunas dos dias, y recomenzó aquel extraño ejercicio.

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