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Página — Literatura Sin nivel (pág. 155)

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Página 155 de Antología literaria 3 · 2018
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vendetta. No quiso que nadie se quedase con ella, y se encerró junto al cuerpo con la perra, que aullaba. El animal aullaba de manera continua, a los pies de la cama, con la cabeza tendida hacia su amo, y el rabo apretado entre las patas. No se movía, como tampoco la madre que, inclinada ahora sobre el cuerpo, mirándolo de hito en hito, lloraba con gruesas lágrimas mudas mientras lo contemplaba.

El joven, de espaldas, vestido con su chaqueta de paño grueso agujereada y desgarrada en el pecho, parecía dormir, pero tenía sangre por todas partes: en la camisa arrancada para los primeros auxilios; en el chaleco, en los calzones, en la cara, en las manos. Coágulos de sangre se habían cuajado en la barba y el pelo.

La anciana madre empezó a hablarle. Al rumor de aquella voz, la perra se calló.

—Anda, anda, serás vengado, pequeño mío, hijo mío, mi pobre nino.Duerme, duerme, serás vengado, ime oyes? jTu madre te lo promete! Y cumple siempre su palabra, tu madre, lo sabes muy bien.

Y lentamente se inclinó sobre él, pegando sus labios fríos a los labios muertos.

Entonces Pizpireta reanudó sus gemidos. Lanzaba una larga queja monótona, desgarradora, horrible.

Así estuvieron, los dos, la mujer y el animal, hasta la mañana.

Antonio Saverini fue enterrado al dia siguiente, y ya nadie habló de él en Bonifacio.

No había dejado hermanos ni primos carnales. No había ningún hombre para llevar a cabo la vendetta. Solo su madre pensaba en ella, pobre vieja.

Al otro lado del estrecho, veia de la mañana a la noche un punto blanco en la costa. Era una aldehuela sarda, Longosardo, donde se refugian los bandidos corsos acosados muy de cerca. Pueblan casi solos ese villorrio frente a las costas de su patria, y esperan allá el momento de regresar,de volver para echarse al monte. En aquel pueblo, ella lo sabía, se había refugiado Nicolás Ravolati.

Completamente sola, a lo largo de todo el dia, sentada a su ventana,miraba hacia allá abajo pensando en la venganza. iCómo se las arreglaría ella, sin nadie, achacosa, tan cerca de la muerte? Pero lo habia prometido,lo había jurado sobre el cadáver. No podia olvidar, no podía esperar. ;Quéharía? Ya no dormía de noche, ya no tenía reposo ni sosiego, buscaba,obstinada. La perra a sus pies, dormitaba, y a veces, alzando la cabeza aullaba hacia la lejanía. Desde que su amo no estaba ya, a menudo aullaba así, como si lo llamase, como si su alma de animal, inconsolable, hubiera también guardado ese recuerdo que nada borra.

Ahora bien, una noche, cuando Pizpireta reanudaba sus gemidos, la madre, de repente, tuvo una idea, una idea de salvaje vengativo y feroz. La

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