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Página — Literatura Sin nivel (pág. 59)

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Página 59 de Antología literaria 3 · 2018
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calle Piura, fue embestido y hendido por un autobús rugiente, se engrosócon los parroquianos de una pulpería y siguió su rumbo hacia la huaca Juliana.

Alberto entró nuevamente en sí. Le pareció que hacía dias que peleaba y al distinguir la rueda de mirones tuvo conciencia de que estaba cautivo,literalmente, en un círculo vicioso. Para romperlo era necesario apurar el combate, entrar al área de Gálvez, arriesgar. Estaban ya cerca de la huaca,en una calle sin pavimento, rodeada de casas nuevas, sin acera.

Como la iluminación era allí pobre, Alberto calculó mal una de sus entradas, se impulsó más de lo debido y se encontró cara a cara con el cholo,quien, renunciando esta vez a abrazarlo, lo contuvo de los hombros, lo alejóde un empellón y le envió un puntazo fulminante al ombligo. Alberto se llevó la mano al hígado, mientras sentía flaquear sus rodillas y chillar a su collera. De buena gana se hubiera dejado caer, pero observó que Gálvez,arrastrado por la violencia de su golpe, había perdido el equilibrio y se esforzaba por mantenerlo, vacilando en un pie. Dio entonces un brinco y metió la pierna allí, en el lugar que desde hacía rato perseguía, los testículos, y su zapato penetró como por un boquete bajo la pelvis. El cholo gritó esta vez, dobló el torso hacia delante, iba ya a caer de cara o tal vez estaba cayendo, tocando el suelo con una mano, pero Alberto quiso ignorar ese gesto y levantando la otra pierna le planchó la nariz con la suela del zapato.

Ya estaba Gálvez tendido, enrollado, revolcándose. Rodó por entre las piernas de sus secuaces, que saltaban para no pisarlo, y quedó al lado de un muro echado de cara. Probablemente aún era capaz de recuperarse,pero el anillo se agitó, se quebró, al escucharse unos pitazos al fondo de la calle Arica. Dos policías venían corriendo.

Gálvez fue levantado por su pandilla y llevado rápidamente hacia un garaje de reparaciones que tenia su portón entreabierto. Alberto, mareado,vio que Cieza se le acercaba con un pañuelo y se lo ponía como un tampón en la nariz, mientras Gastón le palmeaba la nuca y el resto de la collera se apretujaba a su alrededor, extendiendo los brazos para tocarlo.

—Al jardin —dijo Zacarías, señalando el muro bajo de una casa.

Sus amigos lo levantaron en vilo y lo depositaron al otro lado del cerco, donde una manguera humedecía el césped. Alberto tomó agua por su pitón, se mojó la cara, la cabeza y se puso a regar tranquilamente una mata de geranios.

La policia trató vanamente de encontrar en las pandillas trazas de peleadores, heridos, contusos, ordenó que se dispersaran y se retiró hacia la huaca.

Alberto seguía en el jardin mojándose la cabeza, lavándose los codos magullados, cuando Gastón le pasó la voz:

—Ya el cholo colgó el guante. Sus amigos se lo llevan.

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