Página — Literatura Sin nivel (pág. 55)
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Alberto volteó la cabeza y distinguió un rostro burlón, achinado,prieto, de gruesos labios y cabello encrespado.
Lo circundaban varias cabezas hirsutas, descorbatadas, sobre contexturas dudosas y visiblemente desnutridas. Se acomodaron en la última fila,poniendo los pies en el respaldar de la fila delantera.
Alberto regresó la vista al escenario, donde el cantante pigmeo terminaba su tango doblado, gimiendo, con una mano en el corazón y otra en el hígado. Cieza, que estaba delante suyo, volteó a su vez la cara y al distinguir al cholo Gálvez que aplaudia la volvió con presteza hacia el estrado. Alberto alargó la mano y le quitó los anteojos.
—jCómo te han dejado la cara! Bueno, salgamos de una vez. Dejemos el teatro para otro dia. Avísale a la gallada.
Poniéndose de pie, subió por las gradas del auditorio, buscando con la mirada el rostro achinado. Lo encontró perdido entre los otros rostros,embelesado en la milonga que atacaba Miguel de Albarracín. Quedómirándolo fijamente, hasta que los ojos oblicuos lo distinguieron. No tuvo necesidad de hacerle ninguna seña ni de pronunciar ningún desafio.Apenas cruzó el umbral del auditorio, Gálvez y su grupo se pusieron de pie para seguirlo y detrás de ellos salió la gallada.
Ambas pandillas se dirigieron a la acera central de la avenida Pardo,poco transitada a esa hora y umbrosa bajo la noche y la arboleda. Gálvez y su gente se acomodaron en una banca, sentados en el respaldar, con los pies en el asiento, mientras Alberto parlamentaba con Cieza.
—Él ya sabe que vas a venir —dijo Cieza—. El sábado pasado,después de la pelea, Zacarias le dijo que había cita para hoy. Le dijo:"Espera no más el sábado, va a venir el pibe Albertow. Y el cholo le dijo:"He oído hablar de ese gallo. Me lo paso por los huevosw.
Alberto se separó de su grupo y se dirigió solo hacia la banca,donde la pandilla de Gálvez al verlo venir entonó un coro de uy y de ay desafinado. Cuando estaba solo a unos pasos, Gálvez bajó de la banca y avanzó. Quedaron mirándose,midiéndose,reconociéndose,evaluándose,mientras las colleras, de acuerdo a una ley inmemorial de protección al compañero y de comodidad para presenciar el espectáculo, formaban dos semicírculos que se ajustaron hasta constituir un anillo perfecto.
El cholo Gálvez?—dijo Alberto.
-El mismo, pibe. Aquí, en Surquillo y donde quieras.
Alberto empezó a desabotonarse el saco con parsimonia y, cuando estaba al punto de quitárselo, el cholo Gálvez saltó y le aplicó el primer cabezazo que,fallando la nariz, resbaló por un pómulo y le aplastó una oreja.
Alberto se vio sentado en el suelo, con los brazos trabados en las mangas de su saco, mientras Gálvez se mantenia de pie a su lado, entre los gritos de la gallada, que hacía comentarios y admoniciones, recordando que no valía pegar en el suelo.
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