Página — Literatura Sin nivel (pág. 60)
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Alberto vio un grupo apretujado, que se retiraba penitencial, casi funerario, entre lamentaciones, hacia la pulpería de la calle Arica. Salióentonces del jardín saltando el muro y Cieza lo recibió con los brazos abiertos, mientras el cojo Zacarías le alcanzaba su saco y su corbata. El resto de la patota hablaba de festejar el triunfo con unas cervezas.
—Sí—dijo Alberto—. Ha sido una pateadura en regla.
Con su saco debajo del brazo se encaminó hacia el bar Montecarlo,rodeado de sus amigos, sin prestar mayor atención a sus comentarios que, parciales, exagerados, contradictorios, iban echando las bases de la leyenda.
—Hagamos un pozo—dijo Cieza en el bar—. Todos dan, menos Alberto.
Las botellas estaban ya en la mesa deschapadas, los vasos llenos,espumantes. Alberto se bebió uno al seco, ahogando una sed inmemorial.Empezó entonces a hablar, pero no de la pelea, como todos esperaban, sino de Berta.
—Ahora caigo—dijo Gastón—. Ella es la que te ha separado de la patota. Estoy seguro de que has caido en la trampa, que te casas.
—El año entrante —dijo Alberto—. Estoy en todo ese lío de comprar muebles, pagar cuentas. Cuando hay que pagar letras, tienes que olvidarte de los amigos, trabajar y adiós a los tragos, las malas noches. Eso es lo que he hecho en todo este año que no me han visto.
—Deja eso de lado y háblanos de la pelea —dijo Zacarias—. Esta ha sido la más brutal de todas, mejor que cuando hiciste llorar a Calato Balbuena en la bajada de los baños.
—A Calato también le pegó el Negro Mundo —dijo Gastón.
-Pero al Negro le pegó el sargento Mendoza.
—Y a Mendoza, el cholo Gálvez.
Alberto depositó su vaso sobre la mesa. La cabeza le había comenzado a dar vueltas. Haciendo un esfuerzo se puso de pie. Gastón lo tiró del brazo, no podía irse así no más, estaban en la primera ronda.
—Estoy fuera de forma —dijo Alberto—. Un solo vaso me ha emborrachado. Discúlpenme.
Entre las protestas de sus amigos se dirigió hacia la puerta del bar.Cieza lo alcanzó.
−—No nos vas a dejar así. Un año que no nos vemos, la patota...
—Cuídate más la próxima vez, Cieza; déjate de patotas y de ninerías.Ya no soy el mismo de antes. Si me van a buscar la próxima vez para estas cosas, palabra que no salgo.
—Te acompaño.
—No—dijo secamente Alberto, y tomó el camino de su casa, estirado,digno, haciendo sonar marcialmente sus zapatos sobre la calzada.
Apenas dobló la esquina, fuera ya de la vista de su collera, se cogióel vientre, apoyó la cabeza en un muro y empezó a vomitar. Arcadas
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