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oscuras que tapan la cumbre de los cerros, el encanto de la puna los agarraba poco a poco. Y se volvian cerriles.
Otros, por quedarse en su querencia, junto a sus animales, vendian su ganado al nuevo dueño de los pastales; recibian diez, quince soles por cada vaca; tres, cuatro reales por cada oveja; enterraban el dinero al pie de alguna piedra grande que tenia encanto, o en las cimas de las montañas. Y ya pobres, sin una ovejita que les sirviera de consuelo, se quedaban de vaqueros del patrón; se declaraban hijos huérfanos del principal que habia tomado posesión de los echaderos; y lloraban, cada vez que el señor llegaba a visitar sus tierras:
—jAquí estamos, papituy! jTaitituy!
Como chaschas enfermos se arrastraban en la puerta de la chuklla.
—jPapituy! jPatroncito!
Se estrujaban las manos y daban vueltas alrededor del patrón; lloriqueando. Mostraban la tropa de ovejas, de vacas y de caballos chuscos y decian:
—Ahí está tus ovejitas, ahí está tus vacas. Todo, todo, completo,taitay.
En el crepúsculo, cuando el patrón se alejaba de la estancia, seguido de sus mayordomos; todos los punarunas los miraban irse,todos juntos, reunidos en la puerta de la chuklla. El sol caia sobre sus caras, el sol amarillo. Y temblaban todavia los punarunas; como en una herida, la sangre dolia en sus corazones.
—jYa, señor! jPatrón!—decían, cuando el sombrero blanco del ganadero se perdia en el filo de la lomada o tras de los k'eñwales.
Pero eso no era nada. De vez en vez, el patrón mandaba comisionados a recolectar ganado en las estancias. Los comisionados escogían al toro allk'a, al callejón, o al pillko. Entonces los punarunas,con sus familias, hacian una despedida a los toros que iban a la quebrada, para aumentar la punta de ganado que el patrón llevaría al 《extranguero》. Entonces sí, sufrían. Ni con la muerte, ni con la helada, sufrian más los indios de las alturas.
\text{—}\mathrm{i}\mathrm{Allk}^{\prime}\mathrm{a} , callejón, pillko, para la punta! —mandaban, al amanecer,los comisionados.
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