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Mientras el 《cuatrero》 canta en la cárcel, don Pedro, don Jesús,don Federico, o cualquier otro, aseguran su sentencia, de acuerdo con el tinterillo defensor de cholos; y arrean en la punta las vacas de los punarunas hasta el 《extranguero》, o las invernan en los alfalfares de los k'ollanas para negociarlas después.
Los punarunas sabian esto muy bien. Año tras año, los principales iban empujando a los comuneros pastores de K'ayau, Chaupi y K'ollana, más arriba, más arriba, junto al K'arwarasu, a las cumbres y a las pampas altas, donde la paja es dura y chiquita, pegada a la tierra como garrapata. Por eso, cuando la cabalgata de los mistis se perdia tras la lomada que oculta la cueva o la chuklla, las indias se abrazaban a las piernas de sus maridos, y lloraban a gritos; los hombres hablaban:
—jTaitallaya! jJudidus! jJudidus!
La tropa de indios, punarunakuna, buscaria inmediatamente otra cueva, o haria otra choza, más arriba, junto al nevado allí donde el pasto es duro y chiquito; alli llevarian su ganado. Entonces empezaba la pelea: las llamas, las vacas, los caballos lanudos, los carneros, escaparian siempre buscando su querencia de antes, buscando el pasto grande y blando. Pero allí abajo estarian los concertados de don Santos, de don Federico... los empleados del principal, chalos, mestizos hambrientos. Uno por uno, el ganado de los indios iria cayendo de 《daño》, para aumentar la punta de reses del patrón.
Así fueron acabándose, poco a poco, los pastores de los echaderos de Chaupi y K'ollana. Los comuneros, que ya no tenian animales,ni chuklla, ni cueva, bajaron al pueblo. Llegaron a su ayllu como forasteros, cargando sus ollas, sus pellejos y sus mak'tillos. Ellos eran, pues, punarunas, pastores; iban al pueblo sólo para pasar las grandes fiestas. Entonces solian llegar al ayllu con ropa nueva, con las caras alegres, con harto plata》 para el <trago》, para los bizcochos, para comprar géneros de colores en el jirón Bolivar. Entraban a su ayllu con orgullo, y eran festejados. Pero cuando llegaron empobrecidos, corriendo de los mistis, vinieron con la barriga al aire negros de frio y de hambre. Le decian a cualquiera:
—jAquí estamos, papacito! jAquí, pues, hermanito!El varayok', alcalde del ayllu, los recibia en su casa.
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