Una rosa para Emily — Sección V (fragmento final)
Respuesta rápida
La hebra de pelo gris encontrada en la segunda almohada revela que Emily durmió junto al cadáver de Homer Barron durante décadas, negando su muerte.
Solución — Página 38
Antología literaria 4 · 2020
Lectura
Sección V — «Una rosa para Emily» (William Faulkner)
El sirviente negro recibe a las señoras en la puerta y desaparece. Las primas de Emily llegan para el entierro, al que asiste todo el pueblo. Los ancianos veteranos confederados recuerdan a Emily confundiendo el tiempo pasado con el presente, porque para ellos el pasado «no es un camino que disminuye sino una vasta pradera que ningún invierno toca jamás».
Los narradores sabían de una habitación en el piso de arriba que nadie había visto en cuarenta años. Esperan a que Emily sea enterrada para forzar la puerta.
Al derribarla, el polvo y el olor los envuelven. La habitación está decorada como para una boda: cortinas de damasco rosa desvanecido, pantallas rosadas, mesa de tocador. Sobre la silla hay un traje masculino cuidadosamente doblado; debajo, zapatos y calcetines. En la cama yace el cadáver del hombre (Homer Barron), ya fundido con el colchón tras décadas.
En la almohada contigua se distingue la huella de una cabeza. Uno de los narradores recoge algo: una larga hebra de pelo gris hierro — el pelo de Emily, confirmando que ella dormía junto al cadáver.
Análisis literario
- Narrador colectivo: «nosotros» = la comunidad del pueblo, voz coral que subraya el carácter social del misterio.
- Atmósfera gótica: polvo, descomposición, habitación clausurada, rosa desvanecido simbolizan el tiempo detenido y la negación de la pérdida.
- Tiempo y memoria: el símil del «cuello de botella de los últimos diez años» refleja la distorsión temporal de los ancianos (y de Emily).
- Clímax y revelación: la hebra de pelo es el golpe final; implica que Emily durmió con el cadáver de Homer durante décadas — acto extremo de posesión y negación de la muerte.
- Tema central: la incapacidad de soltar el pasado, llevada al extremo patológico.
Glosario
- sudario: tela con que se envuelve un cadáver; aquí metáfora del polvo que cubre la habitación.
- damasco: tela de seda o lino con dibujos geométricos o florales.
- rictus: contracción rígida de los músculos del rostro, especialmente en la muerte.
- Confederados: soldados del sur de EE. UU. durante la Guerra Civil (1861–1865).
- monograma: iniciales entrelazadas grabadas o bordadas en un objeto personal.
Preguntas que la gente también hace
¿Quién es el narrador de 'Una rosa para Emily' y qué efecto produce el 'nosotros' colectivo?
¿Qué simboliza la habitación clausurada por cuarenta años en el relato de Faulkner?
¿Por qué Emily guarda el cadáver de Homer Barron junto a ella?
¿Cómo representa Faulkner el conflicto entre el pasado y el presente en este cuento?
¿Qué elementos góticos se identifican en la sección V de 'Una rosa para Emily'?
- • Lectura de las secciones I-IV de 'Una rosa para Emily' (páginas anteriores del texto).
- • Noción básica de narrador y punto de vista en narrativa.
- • Contexto histórico: Sur de EE. UU. post-Guerra Civil
📝 Transcripción de la página (texto seleccionable) 2731 caracteres
V
El negro recibió a la primera de las señoras en la puerta principal y las hizo entrar con sus voces sordas, cuchicheando y sus rápidas, curiosas miradas; luego desapareció. Atravesó toda la casa, salió por atrás y no volvió a vérselo.
Las dos primas llegaron enseguida. Efectuaron el entierro el segundo día, y la ciudad fue a mirar a miss Emily bajo una masa de fores compradas, con el retrato al lápiz de su padre soñando profundamente sobre el ataúd y las señoras cuchicheantes y macabras, y los muy viejos —algunos con sus cepillados uniformes de Confederados— en el porche y el césped, hablando de miss Emily como si hubiera sido su contemporánea, imaginando que habían bailado con ella y que la habian cortejado quizá, confundiendo el tiempo con su progresión matemática, como lo hacen los viejos, para quienes el pasado no es un camino que disminuye sino, en cambio, una vasta pradera que ningún invierno toca jamás, separada de ellos por el estrecho cuello de botella de los últimos diez años.
Ya sabíamos que había una habitación arriba que nadie viera en cuarenta años, y que debería ser forzada. Se esperó a que miss Emily estuviese decentemente en tierra para abrirla.
La violencia necesaria para derribar la puerta pareció llenar aquel cuarto de penetrante polvo. Un tenue, acre sudario como el de la tumba parecia extenderse sobre toda aquella habitación adornada y amueblada como para unas nupcias: sobre las cortinas de damasco de un rosa desvanecido, sobre las pantallas rosadas, sobre la mesa de tocador, sobre los delicados adornos de cristal y los objetos masculinos de tocador con el dorso de plata empañada, tan empañada que el monograma estaba oscurecido. Entre ellos había un cuello y una corbata, como si alguien acabara de quitárselos, y que al levantarlos dejaron sobre la superficie una pálida media luna en el polvo. De una silla colgaba el traje, cuidadosamente doblado; debajo, los dos mudos zapatos y los calcetines desechados.
El hombre mismo estaba tendido en la cama.
Durante largo rato permanecimos allí inmóviles, mirando el rictus profundo y descarnado. Era evidente que el cuerpo había yacido alguna vez en la actitud del abrazo, pero ahora el largo sueño que sobrevive al amor, que conquista la mueca misma del amor, le había puesto los cuernos. Lo que quedaba de él, podrido bajo los restos del camisón, era ya inseparable de la cama; y sobre él y sobre la almohada, a su lado, se extendia aquella capa uniforme de polvo paciente y obstinado.
Entonces notamos que en la segunda almohada se ahondaba la huella de una cabeza. Uno de nosotros recogió algo e inclinándonos, con aquel tenue e invisible polvo seco y acre en la nariz, vimos una larga hebra de pelo gris hierro.
C
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