Lectura
Fragmento de cuento (pág. interna 151). Los niños, vistos desde fuera como una cofradía misteriosa por su parecido físico, viven inicialmente un dolor solitario e incomunicado. Un ángel simbólico les muestra un espejo: cuarenta caras son una sola cara, cuarenta conciencias son una sola conciencia. El secreto compartido pierde su horror y gana el placer de la comunicación incesante. Se escriben cartas en papeles de colores, se vuelven cómplices, y comienzan a igualarse físicamente por voluntad propia: los menores se ponen de puntillas, los mayores se encorvan, los pelirrojos apagan su fuego, los morenos suavizan su tez.








