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Página — Literatura Sin nivel (pág. 106)

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Página 106 de Antología literaria 3 · 2018
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con su cuerda. Entre estos se contaba una compotera³ que había tenido la vida más gris y desgraciada del mundo. Rota en dos pedazos desde sus comienzos, gracias al aturdimiento de una criada, la habían empatado con ganchitos de hierro. Desde entonces, las frutas con que la cargaban antes de colocarla en la mesa, solian dirigirle las más humillantes burlas. La consideraban indigna de contener sus preciosas personas.

Pues bien, aquella compotera, que conservaba en el flanco una herida avivada continuamente por la sal del amor propio, hallaba gran consuelo en ver funcionar al capuchino del reloj,.

—Miren, les decía a las frutas burlonas—, miren aquel hombre del hábito pardo. Dentro de algunos instantes va a avisar que ha llegado la hora en que se las van a comer a todas—y la compotera se regocijaba en su corazón, saboreando por adelantado su venganza. Pero las frutas sin creer ni una palabra le contestaban:

—Tú no eres más que una tullida envidiosa. No es posible que un canto tan cristalino, tan suave, pueda anunciarnos un suceso fatal.

Y también las frutas consideraban al capuchino con complacencia y también unos periódicos viejos que bajo una consola pasaban la vida repitiéndose unos a otros sucesos ocurridos desde hacía veinte años, y la tabaquera, y las pinzas del azúcar, y los cuadros que estaban colgando en la pared y los frascos de licor, todos, todos tenían la vista fija en el reloj y cuanta vez se abría de par en par la puerta de roble volvían a sentir aquella misma alegría ingenua y profunda.

Cuando se acercaban las once y cincuenta minutos de la mañana llegaban entonces los niños, se sentaban en rueda frente a la chimenea y esperaban pacientemente a que tocaran las doce, momento solemne entre todos porque el capuchino en vez de esconderse con rapidez de ladrón una vez terminada su tarea como hacía por ejemplo a la una o a las dos (entonces se podia hasta dudar de haberlo visto) no, se quedaba al contrario un rato, largo, largo, bien presentado, o sea, el tiempo necesario para dar doce campanadas. jAh!, iy es que no se daba prisa entonces el hermano Barnabé! jDemasiado sabía que lo estaban admirando! Como quien no quiere la cosa, haciéndose el muy atento a su trabajo, tiraba del cordel, mientras que de reojo espiaba el efecto que producía su presencia. Los niños se alborotaban gritando:

—Míralo cómo ha engordado.

-No, está siempre lo mismo.

-No señor, que está más joven.

—Que no es el mismo de antes, que es su hijo. Etc., etc.

El cubierto ya puesto se reia en la mesa con todos los dientes de sus tenedores, el sol iluminaba alegremente el oro de los marcos y los colores brillantes de las telas que estos encerraban; los retratos de familia guiñaban un ojo como diciendo: "jQué!, jaún está ahí el capuchino? Nosotros también fuimos ninos hace ya muchos años y bastante que nos divertíay.

Compotera: vasija en que se sirve compota o dulce de almibar.

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