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Página — Literatura Sin nivel (pág. 107)

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Página 107 de Antología literaria 3 · 2018
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Era un momento de triunfo.

Llegaban al punto las personas mayores, todo el mundo se sentaba en la mesa y fray Barnabé, su tarea terminada, volvía a entrar en la capilla con esa satisfacción profunda que da el deber cumplido.

Pero ay, llegó el día en que tal sentimiento ya no le bastó. Acabó por cansarse de tocar siempre la hora, y se cansó sobre todo de no poder nunca salir. Tirar del cordel de la campana es hasta cierto punto una especie de función pública que todo el mundo admira. ;Pero cuánto tiempo dura?Apenas un minuto por sesenta y el resto del tiempo, iqué se hace? Pues,pasearse en rueda por la celda estrecha, rezar el rosario, meditar, dormir,mirar por debajo de la puerta o por entre los calados del campanario un rayo vaguísimo de sol o de luna. Son estas ocupaciones muy poco apasionantes y fray Barnabé se aburrió.

Lo asaltó un dia la idea de escaparse. Pero rechazó con horror semejante tentación releyendo el reglamento inscrito en el interior de la capilla. Era muy terminante. Decia:

uProhibición absoluta a fray Barnabé de salir, bajo ningún pretexto, de la capilla del reloj. Debe estar siempre listo para tocar las horas tanto del dia como de la noche."

Nada podia tergiversarse. El ermitaño se sometió. jPero qué dura resultaba la sumisión! Y ocurrió que una noche, como abriera su puerta para tocar las tres de la madrugada, cuál no fue su estupefacción al hallarse frente a frente de un elefante que de pie, tranquilo, lo miraba con sus ojitos maliciosos, y claro, fray Barnabé lo reconoció enseguida: era el elefante de ébano que vivía en la repisa más alta del aparador, allá, en el extremo opuesto del comedor. Pero como jamás lo había visto fuera de la susodicha repisa había deducido que el animal formaba parte de ella, es decir, que lo habian esculpido en la propia madera del aparador. La sorpresa de verlo aquí, frente a él, lo dejó clavado en el suelo y se olvidó de cerrar las puertas,cuando acabó de tocar la hora.

—Bien, bien —dijo el elefante—, veo que mi visita le produce a usted cierto efecto; i,me tiene miedo?

—No, no es que tenga miedo —balbuceó el ermitaño—, pero confieso que. jUna visita! Viene usted para hacerme una visita?

—jPues es claro! Vengo a verlo. Ha hecho usted tanto bien aquí a todo el mundo que es muy justo el que alguien se le ofrezca para hacerle a su vez algún servicio. Sé, además, lo desgraciado que vive. Vengo a consolarlo.

—;Cómo sabe que?.. iCómo puede suponerlo?... Si nunca se lo he dicho a nadie... ;Será usted el diablo?

—Tranquilícese —respondió sonriendo el animal de ébano—, no tengo nada en común con ese gran personaje. No soy más que un elefante.. pero eso sí, de primer orden. Soy el elefante de la reina de Saba. Cuando vivía esta gran soberana de Africa, era yo quien la llevaba en sus viajes. He

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