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Página — Literatura Sin nivel (pág. 22)

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Página 22 de Antología literaria 3 · 2018
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julio en que un toro me levantó por el aire en Yahuarpampa, y perdí desde entonces el don de la palabra? Diez años tenía, y vanos fueron los intentos de mi madre y los esfuerzos de los curanderos, e inútil la consulta con un médico de La Oroya para que recobrase el habla. Debí abandonar, pues,los estudios, y para mayor desgracia murió a poco mi padre, y mi hermano mayor, Josué, se marchó de casa, y más tarde vino a vivir a ella el padrastro que la vida me ha deparado. Me convertí, pues, en Eliseo, el mudo, y en cierto modo lo soy todavía, aun ahora en que he recuperado el habla y vuelto al cabo de muchos años, después de haber viajado y leido tanto. jCómo ha transcurrido el tiempo, y cuán extraño revivir en este sitio esa época lejana!

Pues el niño se transformó en adolescente, y el adolescente se hizo joven. De tiempo en tiempo venía mi hermano, taciturno, desde el caserío de Yauris, donde se había establecido, y apenas si me prestaba atención.En algún momento dejó de visitarnos, y no supe más de él. Mi madre, en cambio, no opuso mayor resistencia cuando le manifesté, a mi modo, mi deseo de marcharme un dia en pos de curación y otra vida. Extinto es mi tío Norberto, hermano de mi padre, y están dispersas y casadas sus tres hijas. Emigrados a Lima los Otaiza, parientes nuestros. Pero yo he regresado, y me quedaré en la casa que dejé un día, y envejeceré y moriréaquí, como envejeció y murió Oscovilca, el organista. Es en memoria suya que convoco ahora nombres, rostros, paisajes. En recuerdo también del niño y jovencito que fui, y del muchacho que dejó el pueblo para ser, finalmente,el hombre ya mayor que soy ahora. Y pensar que si no hubiera sido por aquel accidente no me habría dedicado a la música, no habría salido de aquí, y a lo más habria sido uno más de los peones que ahora sobreviven. Y andaría entonces, como resignada sombra, por el pueblo y por su desolado entorno, donde el dia más luminoso tiene algo de severo y donde las nubes a menudo se asemejan a losas fúnebres.

Mas retornemos al niño disminuido de esos tiempos, y a cuya mudez mi madre se resignó con una mezcla de frustración y de cansancio. No, no quise ir más con los chicos de mi edad, y menos aún regresar a la escuela.Suenos, monólogos, imaginaciones, eran mi refugio, y aliviaban mi soledad con el viejo almanaque que mi padre había heredado del suyo, con sus fábulas e historias, y ese otro libro con relatos de viajes, unos reales y otros fantásticos. Gracias a ellos no me olvidé de leer; antes bien, recorrí una y otra vez sus páginas, y anduve al acecho de cualquier otra lectura que hubiera por azar en casa. Y me transformé así en el muchacho singular a quien llamaban simplemente 《Eliseo, el mudo》, cuando no, algunos, "el sonsow. Y lo habría sido, seguramente, a no ser por aquel domingo de mayo,cumplidos ya los catorce años, cuando mi madre, movida no sé por quépresentimiento, me llevó a misa después de mucho tiempo. Y acontecióque ese era el día en que tocaba, por primera vez, después de su retorno de Ayacucho, don Isauro, sacristán y músico por años de una iglesia huamanguina. Era la fiesta de las Cruces, y los altares estaban adornados con fores, y llenaban el templo gentes no solo de Sóndor sino también de las estancias. Empezó el oficio y al poco rato, ante mi sorpresa, comenzaron

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