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Página — Literatura Sin nivel (pág. 24)

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Página 24 de Antología literaria 3 · 2018
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Pude darme cuenta, entonces, de que no se trataba de una música de carácter religioso, sino otra, pausada, melancólica, muy semejante en ello a los yaravíes que entonaba mi padre. Cautivado, y sin atender al riesgo de que alguien me viera, ni al frío del anochecer, me abstraje en los sonidos.Al músico no se le ocurrió, por lo visto, que desde la cornisa alguien lo escuchaba, y menos Eliseo, el mudo. Y así oscureció sin que el viejo señor abandonase el teclado. Se detenía por momentos, lo cual me daba ocasión para fijarme en su rostro, alumbrado por las velas. Acabó en fin de tocar por esa noche el organista, y se preparó para marcharse. Yo hice lo mismo y recorrí a la inversa la improvisada vía que había seguido para llegar a ese lugar, y bajé sin novedad a la plaza. Ya en casa, donde no habían dado importancia a mi ausencia, cumplí con mis quehaceres y nos sentamos a cenar. Y mientras lo hacíamos, dijo mi padrastro:《Mira, Jacinta. iNo estará afiebrado tu hijo?》. "No》, repuso ella, después de tocarme la frente,"solo está como arrebatadoy. Y así debía ser, en efecto, por la excitación que me había producido esa música, y por la arriesgada experiencia que había vivido. Apenas si pude dormir, y tanto que me asomé a la ventana, y por largo rato estuve contemplando el cielo estrellado, tan luminoso. Ahora,en cambio, en esta hora matinal en que evoco lo vivido, nada brilla, y todo yace bajo una fi na capa de polvo, y no es de noche sino un dia gris, en que se filtra un aire glacial por las rendijas.

Dos dias después, por la tarde, regresé puntualmente a mi rincón en el atrio, y esperé que el músico llegara y ascendiera al coro, y, por mi parte, subí a la torre, mas no ya por la riesgosa vía anterior, sino por otra, cuidando eso sí que nadie me viera. Y fue del mismo modo el martes subsiguiente, y así por unas semanas. Era toda una felicidad escucharle.Con cuánta maestria tocaba, y cuán sentidamente, y era como si hubiera adivinado que alguien más disfrutaba de sus interpretaciones, sobre todo de las que, por lo menos a mi juicio, eran de obras suyas, y que de modo tan efectivo juntaban contento y melancolía. En algún momento se me ocurrióseguir con especial atención, a pesar de la distancia, los movimientos de sus dedos y la manera con que don Isauro accionaba los pedales y registros.Así, me imaginaba, ayudado por mi buena vista y mi atención, me sería posible iniciarme en su arte. Muy dificil proyecto, desde luego, pero en el que me empené con entusiasmo. Y después de cada audición, ya de vuelta a casa, me representaba en todo lo posible, una y otra vez, lo que había visto y escuchado. Así pude retener, poco a poco, lo que habían podido percibir mis ojos y mis oídos. Incluso trataba de repetir en la mesa de la cocina, cuando estaba solo, los movimientos de sus dedos, o lo que imaginaba como tales,sobre todo los de la mano derecha. De esta manera llegó el momento en que, como hacen los jugadores de ajedrez con sus piezas, podia desarrollar en imaginación algunas secuencias, que más tarde trataria de articular en versiones más largas. Progresos que me indujeron a tratar de establecer una forma de diálogo con el anciano.

Lo esperé, pues, en la ocasión siguiente, a la hora en que se retiraba,en la puerta del templo, con el propósito de hacerle saber que lo escuchaba y

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