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Página — Literatura Sin nivel (pág. 25)

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Página 25 de Antología literaria 3 · 2018
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manifestarle mi admiración, e incluso, si tenía el coraje para ello, mi deseo de ser su discípulo. iUn mudo como yo? ;No me tomaría por loco? Pero cuando el organista salió me venció la timidez y me limité a mirarlo, y él me dirigió una mirada entre distraida y curiosa, y respondió con una venia a mi silencioso saludo. ;Habria adivinado mis deseos? No lo sé, pero la cosa es que en mi siguiente tentativa, poco después, se detuvo y se acercó,y luego de preguntarme qué hacía allí, pronunció esas palabras que no olvidaré nunca: "Algún día volverás a hablar, Eliseo, y algún día, también,serás músicow. ;Se había dado cuenta de que en secreto lo escuchaba? Dijo eso y se alejó, y ese fue, por desgracia, el único y breve encuentro que puedo llamar personal que tuve con él. Si, pues no pasaron dos semanas cuando terminaron para siempre esas sesiones, pues se enfermó, y al cabo de unos días murió. Sentí, entonces, como si pronto me hundiera en el vacío,y me dirigí en cuanto pude a la casa del músico, donde estaban reunidos sus deudos, todos de luto. Estuve allí, por un buen rato, en un rincón. Me retiré, después, y deambulé sin saber qué pensar. Después, ya en casa,lloré a solas, largamente, como cuando perdí a mi padre. Mas a la mañana siguiente nadie notó mi sufrimiento, y mucho menos se imaginó el extraño y secreto vínculo que se había establecido entre el fi nado organista y yo. Una semana después fui a visitar su tumba, donde tributé un callado homenaje a su memoria. Me dije, entonces, que no debía abandonar el aprendizaje que, sin que él lo supiera, y de tan insólita manera, había iniciado.

del atardecer y sin que nadie me viera, como cuando él vivía, para intentar reproducir en el melodio lo que le había visto hacer desde la ventana. Me senté en el mismo banco que era el suyo, y ensayé los movimientos de sus dedos y accioné con cautela los pedales que daban aire a los tubos. Poco a poco logré tocar del modo más simple, y por cierto vacilante, una de sus melodias. La repetí con cuidado, deteniéndome a oír si se sentían pasos, y mirando un par de veces, desde un costado de la ventana. Si, continuaría a solas ese aprendizaje, pero mejor a una hora más tardia y a la luz de una vela con una improvisada pantalla. Y así como lo pensé lo hice al dia siguiente, después de las seis, tomando todas las precauciones. Me ejercitéde la misma manera en esa y en otras de las piezas del difunto, y solo me marché cuando se acabó la lumbre. Mas el éxito de mi ingreso no me obnubiló, así que decidí no retornar sino dos veces por semana, y siempre con el mayor sigilo para que nadie lo advirtiera, pues si tal cosa sucedía, no solo mi madre y mi padrastro sino todo el pueblo me castigaria. iAcaso no era yo, para todos, nada más que un mudo ignorante y raro?

Regresé, pues, de allí a tres noches, sin que mi familia sospechara nada, pues estaban acostumbrados a mis paseos vespertinos. Intentélograr en el armonio una versión más cercana a la línea melódica de la pieza elegida, y un acompanamiento semejante a los que tocaba el maestro.Ardua tarea, que me hacía vibrar de emoción. Fue larga, por cierto, esta segunda fase de mi aprendizaje. Se sucedieron así las semanas. jCon cuánto cuidado y regocijo venía a este sitio, y con cuánta prudencia accionaba los pedales! Eran modestos, desde luego, mis avances, pero indudables. Merced

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