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Página — Literatura Sin nivel (pág. 26)

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Página 26 de Antología literaria 3 · 2018
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a ellos mi vida dejó de ser la monótona sucesión de quehaceres que había sido hasta entonces, y adquirió un sentido. Y todo podria haber continuado de ese modo, en razón de mis precauciones, si no se hubiera interpuesto el azar. Un azar previsible, pues era de imaginar que tarde o temprano alguien advertiria mis entradas al coro. Curiosas, en cambio, fueron las circunstancias.

Llovía una noche, pero me obstiné en venir, considerando que por eso mismo habria menos riesgo. Subí, pues, y ya en este sitio me percatéde que no había traido cerillas. No me importó mucho y, antes bien, penséque sería hermoso tocar a oscuras. No se me ocurrió, en cambio, que el aguacero había obligado a dos paisanos a buscar refugio bajo los aleros de la fachada. Y estaban sin duda conversando allí, cuando a deshora oyeron que en lo alto del templo sonaban las notas de una música muy similar a la que ejecutaba don Isauro. De inmediato creyeron, simples como eran, que habia regresado el alma del difunto, y echaron a correr asustados hacia la tienda de José Fonseca, el gobernador, al otro lado de la plaza. Contaron allí lo acontecido, y muy pronto la autoridad, acompañada por dos vecinos,además de aquel par, vino a comprobar si era cierto lo que habían dicho.Y no, no se habian equivocado, claro está, pues los cinco volvieron a oír,espantados, mis compases. Yo, entre tanto, puse fin a mi sesión, salí por la ventana y me aprestaba a seguir hacia la torre, cuando sentí voces contenidas. Mudé entonces de camino, y bordeando la cornisa, con peligro de caerme, alcancé el segundo contrafuerte de la nave, y bajé con no poco susto por los adobes escalonados del mismo. Atravesé después a la carrera el patio de la parroquia, traspuse el muro que lo separaba de la calle, y me alejé a toda prisa bajo la llovizna.

La noticia de lo sucedido y la creencia de que el alma de don Isauro penaba en el coro se difundieron por el pueblo. Y se habló, ya sea por invención de los testigos, o ya por los agregados de unos cuantos, de un lúgubre dúo de lamentos, y de una silueta fantasmal que se esfumaba por los contrafuertes de la iglesia. Y la gente se preguntaba, en los dias subsiguientes, cómo podia haberse condenado el difunto si había sido en vida, hasta donde se sabía, un varón prudente y bondadoso. Y tanto fue el alboroto que se llamó al cura del pueblo vecino, ya que el nuestro no tenía ninguno, y él vino y rezó y aspergió con agua bendita el coro; y después la Cofradia de la Vera Cruz, única en el villorrio, rezó unos responsos en memoria del desaparecido. Mi madre, por supuesto, solo atinaba a persignarse, y mi padrastro a murmurar: "jA lo mejor, pues, ese músico era un hombre malo!>.

Por mi parte me reí a solas, y bastante, por todo lo que se decía, pero era mucho más fuerte la pena, próxima a la angustia, al verme imposibilitado de regresar a esas veladas de delectación y aprendizaje, pues era innegable que no podia arriesgarme a ello. iQué hacer, entonces? ;Tratar de conseguir un instrumento nuestro, como la quena o el charango, con qué sustituir el melodio? No, no seria lo mismo, pues no eran los apropiados para el tipo de música que me interesaba. Decidí finalmente dejar que transcurrieran unas semanas y mis paisanos se olvidaran de lo acontecido, y se afi rmara

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