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Página — Literatura Sin nivel (pág. 23)

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Página 23 de Antología literaria 3 · 2018
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a escucharse los sonidos de ese instrumento que yo no había oído nunca, y que había permanecido olvidado en un rincón del coro por falta de quien lo tocara. "Es el melodioy, dijo mi madre.

Lo que el músico tocaba en los intermedios no era la simple versión de los cantos que solian entonar los curas que venían a solemnizar la festividad, y que yo recordaba muy bien, y muy diferente por cierto de los acompañamientos de wankadanza, pallas y huacones, que nos eran tan familiares. Se trataba más bien, como supe mucho después, de creaciones del propio organista, inspiradas en los aires nativos. Creaciones en las que,como noté más tarde, su religiosidad se entretejía con esa tristeza mezclada de alegría de nuestros huaynos, y por momentos, además, compases que nos sonaban exóticos, como que procedian de las danzas del Collao, donde alguna vez había residido el organista. Todo ello me pareció, en verdad, lo más hermoso que había escuchado. Con cuánta admiración y curiosidad contemplé, desde donde me hallaba, al hombre de cabellos encanecidos,algo encorvado, que pulsaba el teclado. Acabó la misa, y mi madre me susurró, emocionada: "jQué lindo, hijo!》. Mas no pudimos quedarnos para la procesión, porque había quehaceres pendientes en casa, donde mi padrastro, al enterarse de la novedad, dijo: 《Ya debe estar bien viejo don Isauro. A morirse aquí habrá regresado...".

Durante el resto de aquel dia solo tuve en mente la música aquella,tanto por la viva impresión que me había causado, como por mi empeño en no olvidar una sola de sus frases. Me repetía, en silencio, los pasajes que más me habían gustado. Y se me ocurrió, en idea que luego me pareciódisparatada, pedirle por escrito a ese maestro que me enseñase su arte.Pensé también en aprender por mi cuenta, ya que sabía leer, los rudimentos de la música, posibilidad que luego consideré irrealizable, porque de seguro no había ni el más modesto manual en nuestro pueblo. Y, sin embargo, una voz secreta me decía que alguna vez, en un futuro lejano, me sentaria yo también ante el teclado y aprenderia a tocar.

Y así estaban las cosas, y me había resignado a esperar la próxima fiesta en que vendría un cura a celebrar la misa, con acompañamiento de música, cuando escuché decir en la tienda de los López que don Isauro iba a la iglesia los martes y jueves por la tarde, para ejercitarse en el armonio.Al dia siguiente, que era jueves, me las arreglé para ir y apostarme a un lado del atrio, y vi que en efecto, a cierta hora, llegaba el anciano. Cruzóese espacio sin reparar en mí, y abrió con llave propia la puerta del templo,que cerró con cuidado. Me aproximé, pues, y me puse al pie de la fachada,y al poco rato se oyeron los sonidos del instrumento, pero tan atenuados que opté por trasponer la reja de madera que daba acceso a la escalera de la torre. Subí cuidando que nadie me viera, alcancé el cuerpo donde se hallaba la campana, seguí por la cornisa que le daba vuelta hasta llegar a una ventana lateral, un poco alta, que por la manana daba luz al coro, que como todos los de nuestra tierra era alto y estaba a la entrada del templo,y miré con cautela. El viejo músico había encendido un par de velas, pues ya no se veia bien, y, sentado ante el melodio, reanudó su interpretación.

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