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Página — Literatura Sin nivel (pág. 35)

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Página 35 de Antología literaria 3 · 2018
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lo que me había informado su marido, hacía mucho. Me dijo también que la parcela que tenía mi madre al pie del cerro, explotada durante años por un colindante, estaba ahora en abandono y a mi disposición si la quera.Se disculpó luego por hallarse muy ocupada, así que fue y buscó las llaves de la casa, y me dijo al entregarlas: Verás que todo está como te hemos dichow. Le agradecí, pues, y tomé mis bártulos y me dirigí hacia ella. Y en efecto, buena parte de la misma se encontraba casi en ruinas, e invadida por el pasto y las malas hierbas. Abrí el viejo candado de la puerta que da a los dos cuartos aún en pie. Dentro de uno no hay sino una mesa y un aparador desvencijados, y en el otro un camastro con algunas frazadas, a salvo por suerte de las goteras, y una mesa pequeña. Nada más. Como aún era de día salí en busca de algo que comer, y a poco me di con una anciana que primero me miró asustada, y después atónita. La saludé, ya que a pesar de los años supe de quién era ese rostro: "Buenas tardes, mama Rosaura》, pues era ella, en efecto, que frisaba en la madurez cuando me marché del lugar. Y como parecía reconocerme añadí: "Sí, soy yo, Eliseo,el mudo, y como usted ve, he recobrado la palabra》. Dijo al fin: "Sí, eres Eliseo. iY a qué has vuelto, si todos son ya finados?》. 《He vuelto porque quiero quedarme, al menos por un tiempo, y ver cómo están mi casa, la iglesiay. Aún perpleja me invitó a pasar a su casa, que está a poca distancia.Nos sentamos en el corredor y me invitó en una mesita una taza de cafécaliente con unos bollos que me supieron muy bien. Después me informó,por momentos algo suspicaz, sobre nuestros vecinos. Y quiso saber, por cierto, qué había sido de mi vida, cómo había recuperado la palabra, por qué no había regresado antes y, de nuevo, qué pensaba hacer. Y yo le di sucinta y prudente razón de todo, y le pregunté a mi vez cómo le había ido en todos esos años, a ella y a su familia. Sus hijos se habían marchado a los asientos mineros, y vivia con una sobrina. De la iglesia me dijo que le habían hecho algunas reparaciones para que no se viniera abajo, que por supuesto no había sacristán, y que un vecino, por turno, y en esta ocasión un tal Rosendo Valladares, guardaba las llaves. Me contó, en fin, que en la última fiesta del patrono del pueblo había costado mucho persuadir a un cura de Marco para que viniese a celebrar la misa. Y como empezaba a oscurecer le rogué que, mediante conveniente pago, me atendiese en los días sucesivos con la comida, a lo cual accedió, así que me despedí y regreséa casa, y me acomodé lo mejor que pude para pasar la noche.

Esta mañana inspeccioné mejor la casa, que por lo visto ha sido objeto de sucesivas sustracciones. Encontré unos restos de menaje y un cántaro con el cual pude procurarme agua en la fuente que hay en la esquina, y con lo que había traído—un poco de café, azúcar, galletas— prepararme un magro desayuno. Salí después y me dirigí a la casa de ese Valladares, cuya ubicación recordaba. Me recibió él en persona, y como era solo algo mayor que yo, me escuchó y no tardó en reconocerme. "iEres tú?》, se asombró, y debí repetir las explicaciones del caso, pero no dije que había sido donado en el convento de los franciscanos, sino músico y organista en una iglesia de Lima, que no me había casado y que mi intención era quedarme en el pueblo.

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