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Página — Literatura Sin nivel (pág. 32)

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Página 32 de Antología literaria 3 · 2018
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escéptico y malhumorado, pronto asumió su tarea con interés. Realicé,pues, notables avances en el armonio, así como en el conocimiento de la teoría y la historia de la música. Y tanto que más de una vez se me ordenóque fuera con un fraile que iba a predicar en un pueblo cercano a Lima en que había un melodio, para que lo acompañase en la celebración de la misa.No me fue tan bien, en cambio, en las clases de instrucción general y en las de religión. En ellas se dejaban sentir las deficiencias de mi primera infancia y mi pasada mudez, y el desdén que en el fondo sentían varios de mis compañeros limeños por los serranos, así como la certeza, en mi caso,de que mi camino no estaba por el lado de los hábitos religiosos. Más aún,porque en lugar de fortalecerse mi fe se fue más bien debilitando, hasta convertirse, con el transcurso de los años, en esa contradictoria posición que hoy puedo llamar un agnóstico teísmo. Proceso que, por elemental prudencia, disimulé de la mejor manera posible, sobre todo en la confesión,rito al que me era imposible sustraerme, pero sin caer nunca en hipocresía.Y además, no sé de qué manera, ino era mi actitud frente a la música sacra la de un gran amor y reverencia, por no decir religiosidad?\dot{\varsigma}\dot{\Upsilon} no reforzó todo ello en mí una actitud marcada por la discreción, la humildad y la autenticidad? ;Acaso olvidé mi condición de donado? Por otra parte,y si bien me esforcé en progresar al máximo, no abrigaba aspiraciones de llegar a ser algún dia organista del monasterio, y menos aún maestro de capilla, con lo cual, además, me ahorraba los celos de quienes detentaban o querían desempeñar esas funciones, pues por religiosos que fueran no estaban exentos de humanas debilidades.

Me convertí, pues, en el hermano Eliseo, que en varias ocasiones debió acompañar al padre que reemplazaba al Superior en algunas de sus visitas a nuestros conventos del Cuzco, Puno y Arequipa, e incluso, en ciertas ocasiones, tuvo la alegria de oficiar de organista suplente. Viajes en los que me deslumbró, claro está, la severa arquitectura de la catedral de esa primera ciudad, y el suntuoso arte de los demás templos. Pero cuánto más lo hizo la extensión desolada, podría decir cósmica, del altiplano, el lago, y el arte de las iglesias de Juli, Pomata y Zepita. No me importaba,entonces, que en algunas de esas parroquias fuese yo presentado, no sin embarazo de mi parte, y por razón de mi trayectoria, como un milagro de la Divina Providencia. Sí, la del mudo y recogido que a fuerza de fe,constancia y humildad había superado las míseras condiciones de su infancia y el accidente, y que no solo había recuperado el habla, sino que se había convertido también en un auxiliar que ejecutaba con gran fervor la música de los oficios en los armonios de las ciudades de provincia y pueblos de nuestras serranías, por humildes que fuesen.

Yo quería, por cierto, regresar a Sóndor, pero más tarde. Y es que deseaba profundizar antes mis conocimientos musicales, avanzar todo lo que fuese posible en el arte de la interpretación, y también leer, conocer nuevos lugares, avizorar nuevos caminos. Por un tiempo consideré inclusive la posibilidad de abandonar el convento y buscar trabajo, casarme, fundar una familia, pero pronto me di cuenta de que ese no era mi destino, y que este se hallaba vinculado ya para siempre con la iglesia, mas no como

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