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Página — Literatura Sin nivel (pág. 34)

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Página 34 de Antología literaria 3 · 2018
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me reafirmé. 《En fin, vuélvelo a pensar》, me dijo, "y, en todo caso, si vas y no puedes quedarte, tendrás abiertas las puertas para regresary. Y con esto me despidió. La noticia se difundió en el monasterio, pues a pesar de mi muy modesta condición era conocido por mi vocación musical, y a todos pareció extraño no que fuera a mi tierra para visitarla, después de tanto tiempo, sino para quedarme en ella. 《No encontrarás ya a ningún pariente ni amigo, y tu casa sabe Dios en manos de quién estará》, me dijo el hermano Anselmo. 《Si, lo sé, pero confio en la Providenciaw, le respondí.

Me dediqué, pues, en mis horas libres, a preparar el retorno. Solicitéel permiso oficial para retirarme del convento, a lo cual no solo accedieron,sino que me dieron cartas de recomendación para el Padre Guardián de Ocopa y para el párroco de Jauja. Compré unas partituras y algo de ropa civil, y unos libros. Y a la semana siguiente del domingo de Resurrección fui a despedirme del Superior, quien me deseó con cierta frialdad que me fuera bien. Les dije adiós a los compañeros, y me mudé por tres dias a ese hotel que está en la esquina de la estación de Desamparados. Por primera vez volví a visitar, pero esta vez solo y en libertad, la Catedral y las iglesias del Cercado. Compré un radio de segunda mano, con onda corta, para escuchar música culta, ya que las estaciones nacionales no la transmiten casi nunca. Y anteayer tomé el tren de la Sierra, en viaje de retorno después de tantos años. Y de veras que habria algo de extraño en mi apariencia,con la faz pálida, la barba, y lo que sin duda había tomado, sin percatarme,del acento de los frailes españoles con que había convivido, al extremo de que una señora, a quien ayudé con sus maletas al subir al coche, me dijo:《Gracias, padre》. Poco a poco dejamos el cielo veraniego de la costa, y al cabo de unas horas, desde Casapalca, nos acompañó el cielo sombrío que es propio de esta época del año, y que por momentos amenazaba con tormenta.El viaje duró, según me dijeron, algo más de lo usual, y cuando llegamos a Jauja comenzaba a oscurecer y estaban encendidas las luces eléctricas. Me recibió una ciudad melancólica, no frecuentada ya, como supe después, por los enfermos que antes la visitaban por un tiempo en busca de salud. Me alojé en un hotel y dediqué el día de ayer a visitar la Iglesia Matriz y los barrios. Y hoy domingo, antes del alba, estuve en la plaza de Santa Isabel,en pos del autobús que partía a Sóndor. Ninguno de los pasajeros de mi edad, o mayores, me reconoció, y aunque les llamaria la atención mi figura,no lo manifestaron.

Llegamos al pueblo al comenzar la tarde. Cuán doloroso fue para míver el estado en que se halla todo. La pequeña feria dominical ya había concluido. Se ven muchas casas cerradas, algunas en ruinas, y calles casi desiertas. Inconclusos algunos solares. Los pocos vecinos con que me topé,casi todos viejos, tampoco me reconocieron y me observaron a hurtadillas con hurana desconfianza. Me dirigí, pues, a casa de mi primo Celedonio,quien estaba ausente, pero sí su mujer, más o menos de mi misma edad.Asombradísima, me preguntó, como si tuviera ante sus ojos a un fantasma:"Pero, jeres realmente Eliseo?》. Y yo le conté en pocas palabras cuál había sido mi vida, sin entrar en detalles, y señalando que quería quedarme en mi casa, en mi tierra. No pareció agradarle mucho la noticia y me ratificó

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