La siesta del martes — fragmento final (García Márquez)
Respuesta rápida
Fragmento final de «La siesta del martes». La mujer rechaza esconderse y sale con su hija a enfrentar la mirada del pueblo con calma y dignidad.
Solución — Página 101
Antología literaria 4 · 2020
Lectura
Este fragmento pertenece al cuento «La siesta del martes» de Gabriel García Márquez (Colombia, 1955), considerado por el propio autor su mejor cuento.
Contexto: Una mujer y su hija menor han viajado en tren para visitar la tumba de Carlos Centeno, el hijo/hermano, un ladrón que fue abatido a tiros. Han conseguido la llave del cementerio del cura local.
Escena de la página 101:
El cura descubre que un grupo de vecinos espía por la puerta metálica. Al abrirla, los niños se dispersan. La hermana del cura informa: «La gente se ha dado cuenta». El sacerdote ofrece una salida alternativa por el patio; la hermana advierte que de todas formas todos están en las ventanas. El cura pide que esperen a que baje el sol; la hermana ofrece una sombrilla. La mujer rechaza el gesto con calma: «Gracias. Así vamos bien». Toma a la niña de la mano y sale.
Análisis literario
Preguntas que la gente también hace
¿Por qué la mujer rechaza la sombrilla del cura?
¿Qué representa la red metálica en el cuento?
¿Cómo construye García Márquez la dignidad del personaje sin describir sus emociones?
¿Cuál es el mensaje moral de «La siesta del martes»?
¿Por qué el cura dice «La voluntad de Dios es inescrutable» sin convicción?
- • Leer las páginas anteriores del cuento para conocer el viaje en tren y la visita al cura
- • Conocer el contexto de Gabriel García Márquez y el cuento como forma literaria
- • Comprender el concepto de narrador externo y focalización
📝 Transcripción de la página (texto seleccionable) 2561 caracteres
La mujer contestó cuando acabó de firmar.
—Era un hombre muy bueno.
El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña, y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar. La mujer continuó inalterable:
Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes
—Se tuvo que sacar todos los dientes —intervino la niña.
—Así es—confirmó la mujer—. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sábados a la noche.
—La voluntad de Dios es inescrutable —dijo el padre.
Pero lo dijo sin mucha convicción, en parte porque la experiencia lo había vuelto un poco escéptico, y en parte por el calor. Les recomendó que se protegieran la cabeza para evitar la insolación. Les indicó bostezando y ya casi completamente dormido, cómo debían hacer para encontrar la tumba de Carlos Centeno.Al regreso no tenían que tocar. Debían meter la llave por debajo de la puerta, y poner allí mismo, si tenían, una limosna para la Iglesia. La mujer escuchó las explicaciones con mucha atención, pero dio las gracias sin sonreir.
Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de ninos. Cuando la puerta se abrió por completo, los ninos se dispersaron. A esa hora, de ordinario, no había nadie en la calle. Ahora no solo estaban los niños. Había grupos bajo los almendros. El padre examinó la calle distorsionada por la reverberación, y entonces comprendió. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
—Esperen un minuto —dijo, sin mirar a la mujer.
Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.—iQué fue? —preguntó él.
—La gente se ha dado cuenta —murmuró su hermana.
—Es mejor que salgan por la puerta del patio —dijo el padre.
-Es lo mismo—dijo su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.
La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la nina y empezóa moverse hacia la puerta. La niña siguió.
Esperen a que baje el sol —dijo el padre.
—Se van a derretir —dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—.Espérense y les presto una sombrilla.
Gracias —replicó la mujer—. Así vamos bien.
Tomó a la nina de la mano y salió a la calle.
C
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