Fragmento narrativo: el robo en la iglesia
Respuesta rápida
La pareja se oculta en la iglesia para robar una vidriera con joyas; la esposa reza antes de actuar, revelando su conflicto moral.
Solución — Página 109
Antología literaria 4 · 2020
Lectura
Este fragmento narra en primera persona cómo Domenico y su esposa, con la complicidad de Puliti (un anciano consejero), viajan a Roma para robar una vidriera con joyas de una iglesia. Puliti les advierte: «no pierdas tiempo con los corazones de plata... valen poco. Ocúpate de las joyas».
El día acordado, la pareja llega a Roma «como dos lobos hambrientos». Se ocultan dentro de la iglesia hasta que el sacristán cierra las puertas. En la oscuridad del altar, Domenico urge a actuar, pero su esposa le pide esperar. Antes de intentar el robo, ella camina hacia atrás, se persigna y se arrodilla a rezar, dejando ver que no está del todo convencida de obrar bien.
Personajes
- Domenico (narrador): delgado, demacrado, nervioso — impulsa la acción.
- La esposa: físicamente fuerte, expresión decidida, pero moralmente ambivalente — reza antes de robar.
- Puliti: anciano cómplice y consejero pragmático («ocúpate de las joyas»).
Ambiente
Iglesia antigua en una calle transversal del Corso, Roma. Oscura, rodeada de altas casas; capillitas con corazones plateados y dorados. La escena nocturna genera tensión y claroscuro dramático.
Tema central
El conflicto entre la necesidad material y la conciencia moral: la mujer actúa como «prevención espiritual» rezando antes de cometer el delito.
Preguntas que la gente también hace
¿Qué consejo da Puliti a Domenico antes del robo?
¿Por qué la esposa reza antes de abrir la vidriera?
¿Cómo describe el narrador el ambiente de la iglesia?
¿Qué rasgo diferencia al narrador de su esposa en este fragmento?
¿Qué simboliza el collar de lapislázuli en la narración?
- • Conocer nociones básicas de análisis narrativo (narrador, personaje, ambiente)
- • Ver páginas anteriores del relato para contexto de Domenico y Puliti
📝 Transcripción de la página (texto seleccionable) 3137 caracteres
—Pero como no quiero que te quedes sola, me acompañarás... Así, si nos pescan, iremos juntos a la cárcel.
—iY los chicos?
—Los chicos se los dejaremos a Puliti... Dios velará por ellos.
De esta manera nos pusimos de acuerdo, y luego hablamos de la cosa con Puliti. Este discutió el plan, y lo aprobó; pero al fin, alisándose la barba, me dijo:—Domenico, yo soy viejo, hazme caso... no pierdas tiempo con los corazones de plata... valen poco. Ocúpate de las joyas.
Cuando pienso en Puliti, en su barba y en la gravedad con que me daba semejantes consejos, casi me río.
El dia establecido dejamos los chicos al cuidado de Puliti y con un tranvía bajamos a Roma: precisamente como dos lobos hambrientos que del monte bajan al pueblo; cualquiera, viéndonos, hubiera podido tomarnos por lobos: mi mujer,baja y toda hombros y pecho, levantado el pelo crespo que le formaba como una llamarada en la cabeza, la expresión decidida; yo, faco, demacrado, la cara sucia de barba, los ojos hundidos y relucientes. Habíamos elegido una iglesia antigua,situada en una calle transversal del Corso. Era una iglesia grande, y muy oscura para estar rodeada de altas casas; tenía dos fi las de columnas y, más allá de estas, dos naves angostas y tenebrosas con una serie de capillitas llenas de tesoros.Había gran cantidad de vidrieras colgadas a las paredes, llenas de corazones plateados y dorados. Pero yo había observado una vidriera más pequeña, en la cual,en medio de corazones algo más valiosos, se veia un collar de lapislázuli sobre un fondo de terciopelo rojo. Esta vidriera se encontraba en una capilla dedicada a la Virgen; y, en efecto, en lo alto del altar, debajo de un dosel, se veia una estatua de la Virgen, de tamano natural, pintada y con la cabeza rodeada de lamparillas;tenía a sus pies numerosos floreros y candelabros. Ya anochecido, entramos en la iglesia, y en un momento en que no había nadie, nos escondimos detrás del altar,en la capilla de la vidriera. Había, detrás una estatua, dos o tres gradas, y nos sentamos en ellas. Más tarde el sacristán empezó a dar vueltas por la iglesia,arrastrando los pies y rezongando: "Es hora de cerrar; pero no vino hasta detrás de aquel altar, limitándose a entrar en la capilla para apagar las luces, excepto dos lamparillas rojas, una a cada lado. Después le oímos cerrar las puertas y recorrer la iglesia todo a lo largo para desaparecer en la sacristía. Nos encontramos así solos y en la oscuridad, metidos en aquella especie de hueco entre el altar y el ábside. Yo estaba febricitante y le dije a mi mujer en voz baja:
Vamos... abramos la vidriera.
—Espera. ;Qué prisa tienes? —contestó ella.
En seguida la vi salir del escondrijo. Se colocó en el centro de la capilla,y allí, en la penumbra, se inclinó, se persignó y luego, caminando hacia atrás,volvió a inclinarse y a persignarse. Al fi n vi que se arrodillaba en el suelo, en un rincón de la capilla, y juntaba las manos para rezar. No sabría decir qué rezaba,pero comprendí que no debía estar muy convencida de obrar bien, y deseaba tomar precauciones. La veia inclinar la cabeza, ocultando la cara bajo los cabellos,
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