pequenas máquinas, hilaban la trama de un mismo pensamiento, de un mismo anhelo, de una misma expectación.
La gente que los veia pasar endomingados, limpios y bien peinados, en los dias patrios, en las fiestas de la iglesia, o en cualquier domingo, decía:
"Estos ninos pertenecen a una misma familia o a una cofradia misteriosa. Son idénticos. jPobres padres! jNo reconocerán al hijo! Estos tiempos modernos, una misma tijera corta todos los niños (las niñas parecen varones y los varones, ninas); tiempos sin espiritualidad, son crueles).
En efecto, sus caras eran tan parecidas entre sí, tan inexpresivas como las caras de las escarapelas o de la vírgenes de Luján en las medallas que lucían sobre sus pechos.
Pero ellos, cada uno de ellos, en el primer momento, se sentían solos,como si una armadura de hierro los revistiera, incomunicándolos, endureciéndolos. El dolor de cada uno era un dolor individual y terrible; la alegría también y por lo mismo era dolorosa. Humillados, se fi guraban diferentes los unos de los otros, como los perros con sus razas tan dispares, o como los monstruos prehistóricos de las láminas. Crean que el secreto, que en ese mismo momento se bifurcaba en cuarenta secretos, no era compartido y no seria jamás compartido. Pero un ángel llegó, el ángel que asiste a veces a las muchedumbres;llegó con su reluciente espejo en alto, como el retrato del candidato, del héroe o del tirano que llevan los manifestantes, y les mostró la identidad de sus caras. Cuarenta caras eran la misma cara; cuarenta conciencias eran la misma conciencia, a pesar de la diferencia de edades y de familia.
Por horrible que sea un secreto, compartido deja a veces de ser horrible, porque su horror da placer: el placer de la comunicación incesante.
Pero quien supone que fuera horrible se adelanta a los acontecimientos. En realidad no se sabe si era horrible y se volvía hermoso, o si era hermoso y se volvía horrible.
Cuando se sintieron más seguros de sí mismos, se escribieron cartas, en papeles de diversos colores, con festones de puntillas o con figuritas pegadas.Al principio eran lacónicas; luego largas y más confusas. Eligieron lugares estratégicos, que servían de estafeta, para que los otros las recogieran.
Porque eran cómplices felices, los inconvenientes habituales de la vida no los molestaban ya.
Si alguno pensaba tomar una decisión, los otros inmediatamente resolvían hacer lo mismo.
Como si desearan igualarse, los menores caminaban de puntillas para parecer más altos; los mayores se encorvaban para parecer más bajos. Se hubiera dicho que los pelirrojos apagaban el fuego de sus cabelleras y que los morenos moderaban la oscuridad de una tez apasionadamente oscura.Los ojos lucían todos las mismas rayitas castanas o grises, que caracterizan los ojos claros. Ya ninguno se comía las uñas, y el único que se chupaba el dedo dejó de hacerlo.
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