su padre fuera un tirano, otra que ella lo hubiera permitido siempre. Ana se mordió los labios y se hundió en la silla con enfado. Rebeca, más osada, tomóla palabra con determinación:
—Papá, hoy nos encontramos...
El golpe en la mesa volteó los platos y tiró los fideos al suelo. Al final del pasillo, dentro de su caja, el ser aquél se agitó. Las ninas se levantaron castigadas, pero al menos nadie habia descubierto al intruso.
Fue Rebeca la que, más tarde, se dio cuenta de que la caja habia empezado a supurar.
—Creo que se meó.
En el suelo, por debajo de la caja, se formaba ya un charco viscoso que hizo reir a Ana. Parecia boba, y asi, con esa cara, era difícil distinguirla de la madre. De seguir así, un dia iba a ser su reflejo más fiel.
—iY si le ponemos un trapo?
El padre y la madre discutian y no se enteraron cuando Rebeca se escurrió al baño, de donde volvió con una toalla pringosa.
—Pónsela tú—dijo Ana, pero su hermana retrocedió.
—iViste eso? Le salió algo de la boca.
—lgual está enfermo.
Ambas miraron y entonces, ante sus ojos, el animal regurgitó otro cuerpo, un clon, una copia fiel que, aún entre las babas que dejaba su nacimiento, era ya indistinguible del original. Pese al escalofrio, las ninas no se inmutaron, de todas formas era demasiado tarde para echarlo a la calle y uno no se desprendia así como así de los regalos del azar.
12

Nidia Alejandra Hernández Hernández, cuuoao oe MExicn