Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 114)
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aéreo al enfrentarse con la pera de goma. Tan ágiles eran sus puños al volar hacia la pera que semejaban las alas de un tucusito, detenido y mínimamente vertical, al hundir su pico en una cayena. Patino estaba preocupado por la afi ción de Alvia al licor, pero confi aba en que la belleza de sus propios puños terminaría arrastrándolo, sobrio y anhelante, al cuadrilátero.
Una tarde, concluida la sesión de carreras en un terreno baldio que Patiño vigilaba cronómetro en mano y la garganta ardiéndole de gritar,los dos entraron al gimnasio. Patiño se dirigió al fondo y Alvia se quedóparado en la puerta. Estaba embobado. En uno de los rines saltaba, con las rodillas vendadas, la criatura más extraña que él hubiera visto desde que había largado los primeros puñetazos en cualquier callejón de su infancia.En un momento, ella advirtió la presencia de Alvia y quiso examinarlo. El resplandor que abrasaba la puerta, a espaldas del campeón, lo dejaba sumido en las sombras. Pero ella sabía que era él.
Al poco rato, llegó Patiño y le notificó que un masajista vendría una vez por semana. Le mostró la carta oficial. Estaba preocupado por la lasitud de los músculos de su vientre. El masaje ayudaría pero él tenía que hacer mil flexiones cada dia.
iQuién es ella? —lo interrumpió Alvia, sin atender ni un instante al asunto del masajista. Ya Patino lo había sacado del gimnasio con leves empujones.
Pero Patiño no lo sabía. Apenas si la había visto alguna vez. 《Parece que es una de esas marimachasy. En realidad era un caso espectacular —y raro— de guajira de gran estatura y enormes ojos. Por las mañanas atendia un almacén que su padre tena en un barrio llamado La Ranchería, donde vendia hamacas, botas, peines y cantimploras de plástico a los colombianos y guajiros que trabajaban como peones en las haciendas de las inmediaciones de Bébsara. Y a las tres de la tarde se iba al gimnasio a entrenar. Más bien, a obedecer las instrucciones que los entrenadores daban a los hombres: no había conseguido ninguno que quisiera conducirla a ella. A las ocho de la noche, cuando terminaba sus ejercicios, se soltaba el moño que llevaba muy alto en su cabeza y un estruendo de cabellos negros se deslizaba por su espalda, casi hasta la cintura. La primera vez que Alvia vio esto, sintióuna punzada directamente en los testículos que le nubló la vista. Cuando se recuperó, ya ella había desaparecido.
La segunda palabrota de su vida debió soltarla Patiño la mañana que vio llegar a Alvia con Mireya de la mano. "Ella también va a entrenar>, le anuncio,como si fuera la cosa más normal del mundo. Lo primero que se le ocurrió al entrenador fue mandarlos al carajo a los dos, pero después pensó reconfortado que aquella mujer no iba a aguantar ni la primera media hora de la sesión,que aquel dia iba a ser feroz. Nunca sabremos cuál de los dos dio cabida a mayor estupefacción cuando vieron a Mireya sortear, con apenas una leve cortinilla de sudor en el bigote, las dificultades que Patiño imponía con la impasividad de guardián de campo de concentración. Trotes, flexiones, salto
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