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Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 115)

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Página 115 de Antología literaria 5 · 2019
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de rana, levantamiento de piernas con el torso pegado al terreno hirviente, saltos a la cuerda, saltos rápidos, más rápidos. Ante la delectación de Patiño, la presencia de Mireya en el campo, lejos de constituir un obstáculo para el entrenamiento de Manolo, era más bien un acicate, una mano férrea que iba torciendo una cuerda hasta tensarla dentro de su pecho. En muchas ocasiones, Alvia pareció estar a punto de dejarse caer fulminado por el cansancio y la ira, pero la danza que a su lado ejecutaba Mireya,en un fragor de muslos suaves y ojos relumbrantes, le daba nuevos bríos para intentar vencerla sobre la tierra, bajo un cielo despejado... y frente a la risita malvada de Patiño.

A Judith le habían llegado ciertos cuentos de una mujer, bruja y medio machona, que competía con Manolo en unas carreras que atravesaban los campos, hacían saltar la maleza y espantaban los zamuros.Pero su felicidad —total por aquellos días— le impedía pensar en otra cosa que en el entrenamiento de su campeón y las tetadas que prodigaba a Montrealito como —desoyendo los designios de la Pila— habían dado en llamar a su hijo. La única tachadura que afeaba la perfecta caligrafia de su vida eran las correrías a las que Alvia se entregaba todavía, de vez en cuando. Y eso, porque ella sabía que conspiraban contra su futuro en el boxeo mundial, no por otra cosa.

La primera vez que Manolo y Mireya se vieron a salvo de los gritos de Patiño fue en un hotelito miserable, no lejos del almacén del padre de ella. Cuando llegaron a la habitación, Alvia entró a orinar, con la puerta del baño cerrada. Estando allí escuchó el estrépito que haca Mireya al mover los muebles del cuarto. Cuando salió, encontró la cama recostada contra una pared y la destartalada mesita de noche, decorada con un viejo radio —que permanecía sonando—, arrumbada en un rincón. Los dos tenían todavía la ropa de entrenar. Mireya fue hacia el rincón donde había dejado su enorme morral y sacó dos pares de guantes. Antes de que Alvia se recobrara de la sorpresa, sintió los guantes estrellarse contra su vientre. "Póntelosy, ordenóella mientras, a su vez, se colaba los suyos.

Cuando ambos estuvieron convenientemente enguantados se pusieron a dar saltitos, cada uno en una esquina de la habitación, mirándose a los ojos. De afuera se escuchaban las rancheras y los vallenatos mezclándose en un tercer género enloquecedor. Retazos de conversaciones a gritos, en castellano y guajiro, se colaban por las paredes del verde más llamativo que debían ofrecer los catálogos de la época en que fue pintado el cuartucho. Sin suspender la gravitación, Mireya soltó su pelo.

—Pegá aquí —le dijo de pronto a Alvia. El sonrió sin creerse la cosa.—Pegá aquí—volvió a exigir ella, señalando con su puño enguantado la mejilla izquierda.

Alvia saltaba al son de un vallenato extraviado al final de la tarde.Tenía ganas de arrancarse los guantes y hacer de todos aquellos músculos

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