Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 113)
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sumido nada más recibir la oleada de sangre ajena en la lejana Montreal,le preguntaba con su humildad habitual cuándo iba a ponerse a entrenar.
—El profesor Patiño estuvo por aquí, dice que ya viene el Torneo Batalla de Carabobo y que si no te preparas... —le decía extendiéndole una taza de café.
—Si no me preparo qué —le respondia él sacando una pierna de la hamaca—. Yo soy el campeón, los gringos me dieron una medalla. Patiño no es nadie en el boxeo.
Y era verdad. El nombre de Iván Patiño era completamente desconocido fuera de los dos o tres colegios donde daba clases de educación fisica a niños de primaria. Pero había sido él quien lo había visto pelear una tarde en el gimnasio, adivinando en el acto las grandes posibilidades de Alvia, en aquel tiempo un muchacho cuya protuberancia corporal más notable era la constituida por sus rodillas, que parecían pugnar por rajar su tostada piel.En descargo de los principales de Bébsara hay que decir que Patiño fue invitado a casi todos los actos de celebración y que el propio presidente del concejo había dejado en sus manos la elección de un entrenador "profesional> que seria contratado inmediatamente en Maracaibo. "En Caracas si es precisow, había concluido, en medio de vítores.
Pero las semanas fueron pasando y el entrenador profesional nunca se dejó ver, a pesar de que Patiño había consignado los nombres de tres muy buenos. Bébsara volvió a su vida, Judith tuvo a su hijo al que bautizó con el nombre de Ivan Darío, después de librar un verdadero pugilato con los amigotes de Alvia —y con él mismo— que habían decidido lamarlo Montreal.Y Manolo Alvia siguió encabezando las farras nocturnas, aguardando el momento en que sintiera las piernas bien flojas y la cabeza pesada para narrar con detalles el instante en que la cara del oponente se disolvió como manteca puesta al sol, bajo su puño poderoso, y una ráfaga de sangre le tinóel protector dental. Una de esas noches, Patiño se presentó en el bar donde se reunían y antes de que Manolo iniciara su número estelar, lo agarró por los hombros y lo sacó a la calle. Lo golpeó dos veces con el puño cerrado y le dijo que lo esperaba al otro día en el gimnasio para comenzar a entrenar.
A las diez de la mañana siguiente, Alvia llegó al gimnasio. Todavía le esperaba un homenaje más conmovedor que todos los que lo habían precedido: más importante incluso que la foto publicada en la primera plana de todos los periódicos, donde Alvia aparecía junto —en realidad abrazado—al presidente de la República; todos los muchachos que estaban entrenando,absolutamente todos, hicieron un profundo silencio, y cuando Alvia se acercó a Patiño, rompieron a aplaudir. El campeón los miró a todos como si fuera la primera vez que alguien reconocía sus dotes y se abrazó a Patiño como si este lo acabara de sacar de un río crecido.
Sin suspender completamente sus escarceos nocturnos, Alvia se sometió a los ejercicios que Patiño le imponía. En apenas tres meses sus piernas se habían debilitado notablemente. Pero sus manos imprimian un rasgo
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