Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 139)
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Pero viendo el rostro de aquella bella mujer en la penumbra del bosque, juré no abandonar el lugar sin haberlo ultimado. Sin embargo, no tenía intención de matarlo en forma cobarde: solté sus ligaduras y lo desafié. (La cuerda que se encontró junto al tronco fue la que yo utilicé y que luego dejéolvidada.) Encolerizado, el hombre desenvainó su katana. Inmediatamente me atacó iracundo, sin pronunciar palabra. Huelga explicar lo que pasó después. Mi katana atravesó su pecho a los veintitrés asaltos. Recuerden esto:veintitrés asaltos. No consigo salir de mi asombro. Nadie hasta entonces me había resistido más de veinte. [Sonrie jouialmente.]
Muerto el hombre, con la katana aún mojada en su sangre, me volvíhacia donde había quedado la mujer.
Pero ante mi asombro, había desaparecido. En vano registré el bosque tratando de encontrarla; ni el menor rastro. Escuché con atención: se oyó el estertor del hombre; nada más.
Pensé que al empezar el duelo ella habria salido en busca de ayuda.Y puesto que era cuestión de vida o muerte, me apoderé de la espada del hombre, junto con el arco y las flechas, y hui hacia la carretera. Una vez allí, encontré pastando el caballo de la mujer. De lo que siguió después,le diré únicamente que antes de entrar en la capital me deshice de la katana robada.
Esta es toda mi confesión. Siempre tuve la convicción de que mi cabeza colgaría algún dia de un árbol; senténcienme a la pena capital.[Actitud desafiante.]
Confesión de la mujer que llegó al Templo Shimizu
−-El hombre que vestía el kimono de seda azul, después de ultrajarme, lanzó una mirada sarcástica a mi esposo, que estaba atado al tronco de un cedro. jCuán humillado se habrá sentido mi marido! Cuanto más se empenaba en liberarse, más se hundia la soga en su cuerpo. Desesperada,corrí hacia él. No, mejor dicho, quise correr. Pero al intentarlo, el bandido me derribó.
En ese preciso instante advertí un brillo extraño en los ojos de mi marido, tenía una expresión indescriptible... Lo recuerdo y todavía me hace estremecer. El, al no poder hablar, procuraba expresarse de ese modo. Sus ojos no denotaban ni furor ni angustia..; despedian un brillo frío, que reflejaba su desprecio hacia mí. Más herida por esos ojos que por el golpe del ladrón, dejé escapar un gemido y me desvanecí.
Después de largo rato (creo), recobré el conocimiento, y advertí que el hombre del kimono azul habia desaparecido. Estaba solamente mi marido,que continuaba atado al árbol. Me incorporé sobre las hojas de bambú y dirigí hacia él mis ojos. Pero el brillo de los suyos no había cambiado; me observaba con la misma frialdad, reafirmando su desprecio, y, en lo más
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