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Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 57)

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Página 57 de Antología literaria 5 · 2019
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iCotidianeidad? ;Sorpresa? ;Alarma? Tal vez quien descuelgue el auricular sea un nino (itienes tú hijos?), un adolescente, un hombre (iestás casada?),una chica de servicio. Eso sería lo mejor. Una chica de servicio. Te presentarás como una prima, una amiga de infancia, la directora de una empresa.No hará falta precisar de cuál. Un nombre extranjero, dicho de corrido. Insistirás en que es importante localizar a Elena. Urgente. Y si escuchas: 《Ya no vive aquí. Se mudó hace tiempoy, te interesarás por los datos del nuevo domicilio. O quizá —pero eso sería horroroso—: wFalleció hace diez años》.O también: "Sí, enseguida se pone, iquién la llama?》. Porque ahora, aunque empieces a sentirte segura de tu aspecto, no lo estás aún de tu identidad.Elena Vila, murmuras. Y, sintiendo de nuevo el sudor frío, marcas el número, cuelgas, vuelves a componerlo y tienes que jurarte a ti misma, seas quien seas, que no vas a acobardarte ante la primera pista de peso que te ofrece el destino. Además —y eso probablemente te infunde valor— el teléfono garantiza tu invisibilidad. Aprietas la nariz con dos dedos y ensayas: "Oigaw.

El tercer timbre se corta con un clic metálico seguido de un silencio.No tienes tiempo de pensar en nada. A los pocos segundos una voz femenina, pausada, modulada, vocalizando como una locutora profesional, repite el número que acabas de marcar, ruega que al escuchar la señal dejes tu mensaje, y añade: "Gracias》. Te quedas un rato aún con el auricular en la mano. Después cuelgas, vuelves a mojarte la cara frente al espejo y sales.El camarero, partidario de los cafés en invierno y los helados en verano, te alcanza cojeando en la puerta de la calle: "Se deja usted algo", dice. Y te tiende una revista. Estaba a los pies de la silla. Se le debe de haber caído al levantarse》. La coges como una autómata y musitas: "Gracias》. Pero no estás pensando en si aquella revista es tuya, en el pequeño olvido, sino en la mujer del teléfono. "Gracias》, repites. Y ahora tu voz suena débil, sin fuerzas. Tal vez te llames Elena Vila Gastón, pero cuán distinta a la Elena Vila Gastón—si es que era ella— que con una seguridad implacable te acaba de ordenar: "Deje su mensaje》.

Andas unos cien metros, te detienes ante una iglesia y entras. No te paras a pensar cómo sabes tú que aquello es una iglesia. Como antes, en el café, no quieres preguntarte más que lo esencial. Estás en una iglesia,no te cuesta ningún esfuerzo reconocer los rostros de los santos, y, aunque sigas sin tener la menor idea de quién eres tú, piensas, tal vez solo para tranquilizarte, que lo que te ocurre es grave, pero que todavía podría ser peor. Te sientas en uno de los bancos y te imaginas consternada, a ti, a Elena Vila, por ejemplo, sabiendo perfectamente que tú eres Elena Vila,pero sin reconocer apenas nada de tu entorno. Contemplando aterrorizada imágenes sangrientas, cruces, clavos, coronas de espinas, cuerpos yacentes,sepulcros, monjas o frailes—pero Elena no sabría siquiera lo que es una monja, lo que es un fraile— en actitud suplicante, con los ojos en blanco,senalando estigmas y lagas con una mano, mostrando en la otra la palma

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