Página — Literatura Sin nivel (pág. 112)
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sin que el real mensajero diera señales de vida. No pudiendo más y diciéndose que solo se trataría de un olvido, fray Barnabé se puso en camino. Fue un largo y duro viaje. Tuvo que bajar de la chimenea agarrándose de la tela que la cubra y como dicha tela no llegaba ni con mucho al suelo, fue a tener que saltar desde una altura igual a cinco o seis veces su estatura. Y cruzóa pie la gran pieza tropezándose en la oscuridad con la pata de una mesa,resbalándose por encima de una cucaracha y teniendo luego que luchar con un ratón salvaje que lo mordió cruelmente en una pierna; tardó en pocas palabras unas dos horas para llegar al armario. Imitó allí el procedimiento del elefante con tan gran exactitud que se le abrieron sin dificultad ninguna,primero la puerta, luego la tapa de la sopera. Trémulo de emoción y de alegría se encontró frente a la reina. Esta se sorprendió muchísimo:
—iQué ocurre? —preguntó— iqué quiere usted, señor capuchino?
;Pero ya no me recuerda? —dijo fray Barnabé cortadísimo—. Soy el ermitaño del reloj... el que vino ayer..
—jAh! ;Conque es usted el mismo monje de ayer? Pues si quiere que le sea sincera, le daré este consejo: no vuelva más por aquí. Sus historias,francamente, no son interesantes.
Y como el pobre Barnabé no atreviéndose a medir las dimensiones de su infortunio permaneciese inmóvil..
—iQuiere usted acabarse de ir? —silbó el loro profeta precipitándosele encima y cubriéndolo de picotazos—. Acaban de decirle que está aquí de más. Vamos, márchese y rápido.
Con la muerte en el alma, fray Barnabé volvió a tomar el camino de la chimenea. Andando, andando se decía:
—jPor haber faltado a mi deber! Debía de antemano haber comprendido que todo esto no era sino una tentación del diablo para hacerme perder los méritos de toda una vida de soledad y de penitencia. jCómo era posible que un desgraciado monje, en sayal, pudiera luchar contra el recuerdo de un emperador romano en el corazón de una reina! Pero... jqué linda, qué linda era!
Ahora es preciso que olvide. Es preciso que de hoy en adelante no piense más que en mi deber: mi deber es el de tocar la hora. Lo cumplirésin desfallecimiento, alegremente hasta que la muerte me sorprenda en la extrema vejez.
iQuiera Dios que nadie se haya dado cuenta de mi fuga! jCon tal de que llegue a tiempo! jSon las siete y media! Si no llego en punto de las ocho jestoy perdido! Es el momento en que se despierta la casa y todos comienzan a vivir.
Y el pobre se apresuraba, las piernas ya rendidas. Cuando tuvo que subir agarrándose a las molduras de la chimenea, toda la sangre de su cuerpo parecía zumbarle en los oídos. Llegó arriba medio muerto. jInútil esfuerzo!, no llegó a tiempo... Las ocho estaban tocando.
Digo bien: jlas ocho estaban tocando! jTocando solas, sin él! La puerta del reloj se había abierto de par en par, la cuerda subía y bajaba, lo mismo
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