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Página — Literatura Sin nivel (pág. 30)

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Página 30 de Antología literaria 3 · 2018
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poco viejo ya y peruano como yo, quien completó la información sobre las oraciones y la forma de vida de los frailes. El jardinero, en cambio, ensayóalgunas bromas, pero no me prestó después mayor atención.

Tomé nota, por cierto, de cuán monótona seria mi existencia, pues vocación religiosa no tenía. Me sostuvo, sin embargo, la perspectiva de escuchar muchas horas de música en el templo, con esos cantos y las interpretaciones del organista. Más aún, y gracias a una petición que escribí en una hoja, obtuve autorización, al cabo de un tiempo, para subir al coro. El padre que me acompañó me mostró el órgano, y su asombro fue muy grande cuando, por estar el teclado abierto, y en un rapto de audacia,ensayé unos arpegios."jCómo! iSabes tocar?》, inquirió. Y yo, entonces, con una venia, me senté y toqué unos compases que había aprendido de don Isauro en la forma ya descrita, y que, como supe después, pertenecían a una pieza de Haydn. El religioso se preguntaba sin duda cómo era posible que un indio joven pero ignorante, y por añadidura mudo, pudiese tocar, por poco que fuera, ese instrumento. Me pidió, pues, que continuase, y yo hice lo que pude. "jIncreíble!》, exclamó, y tuve que contarle, otra vez por escrito,y en una versión un tanto arreglada, cómo es que había aprendido yo solo lo que sabía. Sorprendido aún me llevó ante el padre Guardián, ante quien tuve que repetir mi historia. Estupefacto, quiso comprobar por sí mismo la verdad de lo dicho, de modo que volvimos al templo y toqué nuevamente,pero esta vez en el melodio del baptisterio, aquellos compases. Convencido,entonces, de que tenía aptitudes, dispuso que uno de los organistas me diese cuando fuera posible algunas lecciones, y me dio permiso para tocar,algunas tardes, el armonio del coro. E incluso sucedería semanas más tarde que, cuando visitó el convento el obispo de Huancayo, fui llevado a su presencia y me hizo algunas preguntas. Más aún, quiso oírme, y debí tocar ante él, y ante el padre Guardián y otros religiosos, lo mejor de mi modesto repertorio. Y por si todo ello no hubiera bastado, debí dar cuenta sucinta y algo sonrojado, siempre por escrito, de mi pasada existencia en un pueblo del que apenas si tenían noticia. Ah, y es un recuento también el que hago ahora, con gran emoción, en un ir y venir del pasado a la hora presente.Soliloquio a la vez del regreso y del comienzo de una era que solo acabarácon la muerte. Elegia, mas también celebración, solitaria celebración.

Mas volvamos a mi relato. Estaban así las cosas cuando de pronto llegó una orden del Superior de los Descalzos de Lima, mediante la cual ordenaba que viajase a la sede de la orden en la capital. "Será para tu bieny, me dijeron el Padre Guardián y otros frailes. Así lo crei, por cierto,y me preparé para lo que me deparaba la existencia. Efectué el largo viaje en tren, que me condujo a ese monasterio espléndido, aunque ruinoso en partes. No me gustó el clima, pero debí adecuarme en poco tiempo a otras personas, y a los rumores de la ciudad, y a una jerarquía que desconocía.A otro mundo, en buena cuenta. Una vez más debí relatar en papelitos mi vida y hablar de mi amor por la música. El Padre Superior, ya muy entrado en años y de austera figura, me formuló nuevas preguntas y me pidió que tocase algo en el armonio de la sacristía. Finalmente me dijo:

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