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Página — Literatura Sin nivel (pág. 111)

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Página 111 de Arguedas, entre el fuego y el amor : textos seleccionados para estudiantes de Educación Básica · 2021
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—jSal del pueblo, para ti, madrecita! —exclamó la chichera y señaló las cargas de sal. Su voz se tornó tierna y dulce.

—jSalid a recibir, madrecitas!—gritó entonces en quechua una de las mujeres de Patibamba.

Se abrieron las puertas, a lo largo de la callejuela melosa, poblada de avispas; y vinieron las mujeres, dudando aún, caminando muy despacio.

En ese momento la chichera levantó un gran trozo de sal blanca y la dejó caer sobre la falda de la india de Patibamba que llamó a las otras. Le ordenó que sostuviera bien su falda y le echó varios trozos más de sal. La india miró a la chichera y los trozos de sal. Dio media vuelta y se lanzó a la carrera, hacia su choza; la siguieron sus criaturas; y cuando todos estuvieron adentro, cerró la puerta.

Todas las mujeres se acercaron luego al sitio del reparto. Se abrieron los tres sacos y se hizo la distribución con cierto orden, entre un murmullo ininteligible. Las indias recibian la sal, la bendecían con sus manos, se volvian a sus chozas, y se encerraban.

Mientras repartian la sal sentí que mi cuerpo se empapaba de sudor frio. Mi corazón palpitaba con gran fatiga; un intenso vacio me constreñia el estómago. Me senté en el suelo enmelado de esa especie de calle y me apreté la cabeza con las manos. El rumor de la gente disminuia. Oí unos disparos. Las mujeres de Abancay empezaron nuevamente a cantar. El olor agrio del bagazo húmedo, de la melaza y de los excrementos humanos que rodeaban las chozas se hinchaba dentro de mis venas. Hice un esfuerzo, me puse de pie y empecé a caminar hacia el parque de la hacienda, buscando la senda empedrada.

En el cielo brillaban nubes metálicas como grandes campos de miel. Mi cabeza parecia navegar en ese mar de melcocha que me apretaba crujiendo, concentrándose. Vencido de sueño lleguéjunto a una de las columnas de las rejas de acero. Pude ver aún, en el jardin de la hacienda, algunas mariposas amarillas revoloteando sobre el césped y las flores; salian de la pro funda corola de los grandes lirios y volaban, girando sus delicadas, sus suaves alas. Me eché bajo la sombra de la columna y de los árboles, y cerré los ojos.Se balanceaba el mundo. Mi corazón sangraba a torrentes. Una sangre dichosa, que se derramaba libremente en aquel hermoso dia en que la muerte, si llegaba, habria sido transfigurada, convertida en triunfal estrella.

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