Algunos subieron al monticulo, encima del oso para tratar de tirarle nieue. Otros gritamos para llamar su atención. Incluso, Vladimir encendió un par de ramitas con las que pretendia asustarlo.Pero nada de eso fue necesario. Una presa mucho más antojable que Jauier se asomó del lado opuesto para beber en elrio: un reno pequenito detrás del cual el oso salió corriendo. Una uez que se alejó lo suficiente, abracé a Jauier. Nunca me ha caido bien, pero no por eso iba a dejar que el oso se lo comiera. Regresamos en silencio.Al llegar, cerca del auión, nos sentamos alrededor del primer muñeco de nieue.
Todos sentimos que no debiamos uoluer a salir en el auión, era peligroso. Esperábamos que Alfredo dijera algo asi. En lugar de eso, comentó que para la otra mejor no ibamos a la tundra. Vladimir le preguntó a Jauier qué tanto le rezaba al oso, que si trataba de asustarlo con sus chistes malos. Nos reimos. Jauier se puso rojo, dijo que murmuraba
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