Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al rio, se quiso burlar de los flamencos y les
dijo, haciéndoles un gran saludo:
— ¿Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar
medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por
encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las
medias coloradas, blancas y negras
Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron:
— Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirle las medias coloradas, blancas y negras. Hoy
es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a
enamorar de nosotros,
—jCon mucho gusto! —respondió la lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo enseguida.
Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran
medias, sino cueros de víbora de coral, lindisimos cueros recién sacados a las víboras que
la lechuza había cazado.
—Aqui están las medias —les dijo la lechuza—. No se preocupen de nada, sino de una
sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de pico,
de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar
van entonces a llorar.
Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había
para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras de coral, como
medias, metiendo las patas dentro de los cueros que eran como tubos. Y muy contentos
se fueron volando al baile.
Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia.
Las víboras querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban un
instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas
preciosas medias,